Ventana al mundo

Nos alejamos del medio ambiente

Agustín Saavedra Weise
domingo, 5 de enero de 2014 · 19:55
  Según estadísticas de las Naciones Unidas, ya desde el año 2010 más del 50% de la población mundial reside en centros urbanos. Pasó a la historia el peso otrora mayoritario de las comunidades campesinas, sin desconocer ni su esencia histórica ni su intrínseca utilidad  contemporánea como fuente productiva de alimentos.
El esfuerzo agropecuario del campo provee de diversos víveres a las aglomeradas ciudades y lo seguirá haciendo en el futuro cercano. Por otro lado, en las urbes modernas se concentran múltiples actividades, tanto secundarias como terciarias; es decir, industrias, servicios, comercios de todo tipo.
Con el crecimiento urbano surgieron serios problemas. Entre ellos, alcantarillado, falta de saneamiento básico y de agua potable.
Asimismo,  surgieron poblaciones marginales, llamadas en algunos países "villas miseria”, "callampas” o "favelas”. Todas ellas  reflejan numerosas carencias sociales del mundo urbano.
Los conglomerados citadinos han ido alejando poco a poco al ser humano de su medio ambiente natural.
Es más, se está creando ahora una suerte de ecosistema urbano, el que presenta pautas muy distintas a lo que sucede en el tradicional ámbito campesino, donde existe una relación directa del ser humano con los elementos naturales.
Además, en las ciudades prima mucho el concepto colectivo; mientras en el campo persiste la individualidad de sus miembros, hasta en el caso de  áreas rurales sólidamente organizadas.
Hubo una época en la que el hombre estuvo a merced de los fenómenos de la naturaleza. Hoy ése no siempre es el caso, pero, cada tanto, esa misma naturaleza nos alerta acerca de su poderío e influencia.
Es así que vemos, en determinadas épocas del año, a muchas ciudades anegadas por la furia de las aguas, construcciones barridas por un tornado o un huracán, destrucción por terremotos y muchos otros signos tangibles acerca de que la naturaleza sigue dominando, pese al enorme avance tecnológico realizado en los últimos siglos para intentar "domarla”.
Algo de eso último sí sucedió. Hoy en día esclusas y represas regulan en algunas partes los flujos hídricos, la construcción antisísmica protege a las poblaciones ante los movimientos telúricos, etcétera.
El hombre ha tratado de imponer su talento para controlar a estas fuerzas naturales, siempre presentes a lo largo del tiempo.
El precario dominio humano sobre lo natural que se ejerce desde las ciudades trae consecuencias no siempre deseadas, tanto en lo meramente ambiental como en la propia estructura de lo que podríamos llamar "mente urbana”.
En alguna ocasión leí que el escritor inglés Oscar Wilde, cuando de niño su madre lo llevó al campo, se asombró al ver que los pollos tenían plumas. En su mente de ciudad, el pollo venía pelado y listo para ser comido… Algo similar le ha pasado  (le puede pasar) al que ha vivido mucho tiempo en urbes y perdió el contacto con la naturaleza.  Por eso es importante que el habitante de esas urbes no se aleje del medio ambiente.
Si nuestro destino es vivir en ciudades, demos, de vez en cuando, un giro: vayamos al campo, intentemos estar en sintonía con lo natural, refresquemos mente y espíritu.

Agustín Saavedra Weise

es economista y politólogo.

 Si nuestro   destino es vivir en ciudades, demos, de vez en cuando, un giro: vayamos al campo, intentemos estar en sintonía con lo natural.

 

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