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La soberbia

Andrés Gómez Vela
sábado, 11 de octubre de 2014 · 12:01
Cuenta la tradición musulmana que hace muchos años había un rey que en su ánimo de mostrar su poder mandó a construir un palacio impecable, tan grande como su ambición. Una vez terminado el edificio, el monarca convocó a una fiesta para mostrarlo, allí desafió a todos los invitados a encontrarle un defecto. Todos los presentes lo llenaron de halagos, hasta que llegó uno y le dijo que había encontrado un defecto. El rey montó en cólera y le pidió que le dijera cuál era. El visitante le contestó que todavía no había podido tapar la grieta por donde debía pasar el Ángel de la Muerte. Esa grieta va a ponerte en tu lugar porque te dejará en contacto con tu realidad, agregó aquel enviado de Dios.
Esa historia es parte de la tradición islámica que dice: "no entra en el paraíso aquel que tiene un gramo de soberbia”. Así, los sabios musulmanes abordan la causa de todos los pecados, la soberbia, que comienza con el desprecio al semejante y termina con la negación de la humanidad.
Escribo sobre este tema a solicitud de algunos lectores. Y coincido con algunos de ellos que sostienen que una persona llega al "clímax de la soberbia” cuando toma el poder de un Estado y se cree un Dios y no convive con el diferente: "o están con él o contra él”; o "lo halagan o lo desprecian”. Considera la crítica como un atentado. Es un ser insano.
Por eso, San Agustín escribió que "la soberbia no es grandeza sino hinchazón, y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”. El soberbio es un ser enfermo y débil ante el poder y el dinero, y usa casi siempre como escudo al pueblo.
Son seres acomplejados y muy sufridos en ciertos pasajes de su vida, por ello resentidos contra la humanidad. Si revisas la historia de Muamar el Gadafi, Stalin e Idi Amín constatarás esa realidad. Como ellos hay muchos. El soberbio se presenta como humilde, pero es capaz de matar a su semejante para realizarse.
Con razón Nicolás Maquiavelo describió que "la naturaleza de los hombres soberbios y viles es mostrarse insolentes en la prosperidad y abyectos y humildes en la adversidad”.
La soberbia combinada con la ignorancia es lo peor, porque el soberbio no busca la verdad, se cree la verdad. "El creerse dueño de la verdad coloca al hombre en el estado máximo de soberbia”, señala Fernando Savater.
Ese absolutismo es la causa de la persecución del diferente o rebelde. Para el soberbio, dice Savater, todos lo que no piensan como él son "inferiores y descartables”.
Sí, el soberbio es vanidoso porque necesita de las alabanzas, de las concentraciones masivas, para vivir y no desmoralizarse de su inferioridad. Los que viven bajo su sombra le arman escenarios para fomentar su ego. Ni se enteró del consejo del emperador romano Marco Aurelio: "no creas a los que te alaban, no creas lo que dicen de ti”.
El ridículo es un antídoto contra la soberbia. Por ello, los tiranos carecen de sentido del humor, sobre todo aplicado a ellos, y lo toman como burla, entonces prohíben hasta las caricaturas. "Esta clase de personaje espanta todo atisbo de comicidad. Para él la risa es algo sospechoso y la vive como una agresión. Risa prohibida, lugar peligroso”, asegura Tomás Abraham.
Cuánta verdad tiene Savater cuando asegura que la soberbia es el valor antidemocrático por excelencia porque es el ejemplo máximo de creerse insustituible: "Primero yo, luego yo y siempre yo, eternamente yo”.
Lo peor que le puede pasar al soberbio es ser descubierto y derrotado. Suele ser una tragedia. Basadas en esa realidad, las escrituras subrayan que Cristo derrotará a los soberbios y humillará a los grandes porque en definitiva son los que más sufren en derrotas y a los que tiene sentido vencer.
La vida diaria demuestra que el humilde casi siempre tiene apoyo sincero; mientras que los que se acercan al soberbio lo hacen por miedo o interés.
¿Quién puede derrotar al soberbio? Tú con tu humildad y tu acción de recordarle que es sustituible y mortal, y que no puede estar por encima de nadie ni violar la constitución de convivencia de una sociedad.

Andrés Gómez Vela es periodista.

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