México, lecciones del horror   

Hernán Terrazas E.
martes, 11 de noviembre de 2014 · 20:27
 La masacre de 43 estudiantes normalistas en la población de Iguala, México, es un llamado de atención para todas las democracias latinoamericanas amenazadas por la presencia del narcotráfico.
Si bien México es el  ejemplo más desgarrador de la penetración de las mafias en las estructuras institucionales del Estado y de la secuela de horrendos crímenes, relacionados con la impunidad en la que operan, las rutas del delito trascienden las fronteras, especialmente de aquellas naciones que, de una u otra manera, como productores o consumidores, forman parte de este macabro circuito.
Cuando parecía que ya nada más grave podía ocurrir en un México lacerado por más de 70.000 muertes violentas en los últimos seis años, la desaparición y posterior asesinato de los 43 jóvenes se convirtió en la gota que rebasó el vaso de una sociedad que transitó rápidamente del horror a la movilización, y que expresó una masiva indignación, prácticamente en todo el país, denunciando, sobre todo, la pasividad de las autoridades y, en casos como el de Iguala, su criminal complicidad.
La masacre de Iguala demostró, una vez más, que las redes que teje el narcotráfico alcanzan por igual a los organismos de seguridad, como a los gobiernos locales y estatales, independientemente de su filiación ideológica.
 Tanto el gobernador del Estado de Guerrero, como el alcalde de Iguala -obligado a renunciar el primero y detenido el segundo-, llegaron a ocupar esos cargos en representación del izquierdista Partido de la Revolución Democrática, una organización política que construyó su discurso sobre el cuestionamiento permanente al accionar de los partidos -sistémicos, tradicionales, neoliberales, etcétera- que controlan el poder  central desde hace 100 años.
Las evidencias muestran que la mancha del narcotráfico cubre gran parte de Norte, Centro y Sudamérica. Los dos grandes mercados de la droga producida en Latinoamérica  -marihuana, cocaína e incluso heroína- son Estados Unidos y Brasil, que juntos suman una población que ronda los 500 millones de habitantes.
México, se sabe, es la puerta de ingreso de los estupefacientes a los Estados Unidos, y Bolivia -así lo advierten informes de organismos internacionales-  se ha convertido no sólo en uno de los tres mayores productores mundiales de cocaína, sino en el país de tránsito de la cocaína peruana y colombiana hacia el mercado brasileño, a través de una extensa y poco controlada frontera común de 3402 kilómetros.
Guardando las distancias y proporciones, no deja de ser alarmante la similitud de la función que tienen Bolivia y México dentro de este circuito y de los riesgos que implica a futuro esta situación.
La magnitud del problema es obviamente mucho mayor en el país norteamericano, pero eso no significa nada si se considera  que el narcotráfico es un fenómeno que se desarrolla de diferentes maneras y que genera diversos tipos de consecuencias, condicionado por el entorno en el que opera.
En México, el crecimiento imparable de la delincuencia va de la mano del narcotráfico, y en Bolivia, aunque los datos todavía no son muy precisos, buena parte de los asesinatos violentos -ajustes de cuentas- y secuestros, guardan relación con la presencia de sicarios de nacionalidad colombiana o brasileña, que pertenecen a estructuras mafiosas con ramificaciones continentales.
Si bien no se trata de buscar parecidos forzosos entre realidades distintas, la experiencia de México, ahora y antes de Colombia, demuestra que el narcotráfico encuentra siempre formas de permear  y corromper a las instituciones.
En México, el monstruo creció primero y acumuló poder a la sombra de gobiernos sospechosamente tolerantes, y luego, cuando hubo el intento de combatirlo, mostró la dimensión inaudita de sus fauces.
La Masacre de Iguala desnuda hasta qué punto la autoridad del Estado puede sucumbir al poder de las mafias, pero, al mismo tiempo -consuela saberlo- confirma cuán indoblegable puede ser una sociedad profundamente indignada. Esas son, si duda, las lecciones del horror.


Hernan Terrazas E.
es periodista.

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