Cartuchos de harina

¿Y el Tribunal Electoral? Bien, gracias

Gonzalo Mendieta Romero
viernes, 14 de noviembre de 2014 · 20:37
Voy a descubrir el agua tibia: el Tribunal Supremo Electoral salió de las elecciones nacionales mal parado, pero ileso. Quién sabe si por consejo de algún poderoso gurú, el Tribunal se disculpó en público, cuando estaba al borde de los santos óleos. Pero al Tribunal no lo salvó sólo la misericordia; también acudieron otros en su ayuda.
En parte -nadie sabe para quién trabaja-, fue el maximalismo opositor el que mantuvo vivo al Tribunal Electoral. En los primeros días, después de las elecciones, pareció que la apuesta contra el Tribunal era imbatible. Hasta la OEA abrió el pico finalmente, reprochando el manejo del órgano electoral. Se venía una avalancha.
El Tribunal Electoral fue criticado por el presidente Morales, pues su triunfo corría el riesgo de despeinarse, justo por culpa de los encargados de homologarlo. El Gobierno planchaba su disfraz de gato montés, para ponerse con agilidad del lado vencedor, incluso al precio de dejar en la estacada a los amigos en el Tribunal (más o menos como ocurrió con las autoridades judiciales, de cuyo nombre y elección el MAS no quiere acordarse).
De ahí surgieron las huelgas de hambre contra el Tribunal y las acusaciones de fraude. El concierto opositor fue copado por las voces más estentóreas, capaces de romper cristales. Pulularon allí los anuncios heroicos y los recursos de papel ante la OEA. Pasaron las semanas, pero la maniobra no funcionó. ¿Y el Tribunal Electoral? Bien, gracias.
La estrategia opositora fracasó por codiciosa. Las imputaciones de fraude no tuvieron al Tribunal (la pieza débil) por objetivo, sino al MAS (la pieza fuerte). En vez de contentarse con un alfil, el apetito opositor buscó más, pero no fue. Una actitud más realista no habría significado condonar las torerías electorales que hubiera. La oposición comprometió un fin sensato, por otro irrealizable.
Todos somos generales después de la batalla. No obstante, por fácil que sea opinar, eso no quita que el éxito de una iniciativa política tiene como condición un diagnóstico -siquiera en servilleta- de la circunstancia. La indignación opositora no es suficiente, incluso si es justificada. ¿No se acuerdan de esa irreverencia ibérica?: "vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, porque Dios está con los malos, cuando son más que los buenos”.
En la apuesta simultánea contra el Tribunal y el MAS, la oposición perdió una ocasión que dependía de calibrar una estrategia contenida. En tal caso, el Gobierno habría tenido que pensar en remplazar a los vocales. Y la obediencia al MAS no habría sido ya el primer requisito para postular a esos cargos. El Gobierno hubiera despreciado menos los méritos de los candidatos como criterio de selección.
En su reacción irritada, el cálculo opositor erró. Al fusionar las consignas de fraude y de negligencia del Tribunal, la oposición arriesgó un fracaso, por el plan maximalista de hundir la victoria electoral masista. Fue una quimera: hizo naufragar la chance de contar con un Tribunal mejor.
No es que el MAS venciera esa batalla sólo por la fuerza que preserva. Quienes explican los éxitos del Gobierno únicamente por su potencia, practican un oficio parecido a la superstición, que parte del mito circular de que el poderoso es perfecto, siempre que gane.
La oposición fue arrastrada por su ala dura y por los métodos que siempre ha criticado en el MAS. Hasta los opositores menos afiebrados siguieron a los radicales. Y aunque la moderación me sea más simpática, el radicalismo puede ser exitoso pero en escenarios más volátiles, siempre impredecibles.
Es que todavía perdura en la oposición el miedo a no responder a su base más irritada con el Gobierno, a lucir poco convencida si no usa una retórica hiriente y fanatizada. También es, hay que admitirlo, la marca de nuestra política, desdeñosa de la moderación.
Muchos aún prefieren un encendido discurso a un éxito sin epítetos. La próxima, quizá, sea hora de elegir un buen diagnóstico a los vítores de los militantes y amigos, felices, aplaudiendo a rabiar.


Gonzalo Mendieta Romero

es abogado.

  La próxima, quizá, sea hora de elegir un buen diagnóstico a los vítores de los militantes y amigos, felices, aplaudiendo a rabiar.

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