Serotonina

Lecciones de Simón I. Patiño útiles para hoy

Iván Arias Durán
domingo, 16 de noviembre de 2014 · 19:50

En el capítulo 3 de Llallagua (Querejazu, Roberto. 1974) se puede encontrar lecciones sobre los que creen en el trabajo ordenado y de largo plazo, y los que buscan la fortuna rápida en medio del desorden y el corto plazo. Si los actuales administradores de Huanuni leyeran sólo este estracto, otra seria la historia de esta empresa.
Querejazu cuenta: "Los dos socios estaban frente a una quiebra. Al cabo de tres años de angustias y sacrificios la sociedad ‘Patiño - Oporto’ no tenía más crédito y estaba acosada por deudas y pleitos. La montaña había sido avara en su rendimiento (…). ¿Qué podemos hacer, compañero?, preguntó Sergio Oporto lleno de desaliento”.
"Es que no hemos trabajado bien”, repuso Patiño. "No hemos llevado las cuentas con buen orden. Nunca hemos sabido si estábamos teniendo utilidades o no. Ésa no es la manera de trabajar: Yo quería que hagamos una verdadera empresa, pero usted se encaprichó en manejar las cosas rudimentariamente, explotando sólo para comer, de la mano a la boca, día a día, sin planear para el porvenir”.
"Yo creo que la culpa es más bien de usted, que me empujó a contratar más barreteros y hacer otros gastos innecesarios como las mulas y las carretillas, soñando con grandes cosas”. Respondió Patiño: "Quien no arriesga no gana. Yo quise correr riesgos pero viendo por dónde íbamos. No trabajando a oscuras, sin contabilidad y sin plan. Yo no puse mis ahorros para eso. Si invertí mi capital era para que creciera, no para que desapareciera en el socavón de un cerro. Los mineros que trabajan como usted acaban por ser vencidos por las dificultades”.
Cansado del estilo de trabajo de su socio, Patiño le propuso: "Si usted quiere, le compro su parte y yo sigo solo a mi manera”.
Oporto no esperaba esta proposición providencial. Aceptó sin titubear. Si él, que tenía experiencia en minería y había estado sobre el trabajo, no había podido hacer más, Patiño, hombre de ciudad y de escritorio, no sabía a lo que se metía. ¡Que se friegue si ése es su deseo! La escritura de disolución de la sociedad se firmó el 16 de agosto de 1897.
Había dicho tiempo atrás a su socio: "la vista del amo engorda al caballo”. Le tocaba ahora a él poner en práctica tal consejo. Su educación en Cochabamba había sido rudimentaria y tuvo que dejar las aulas antes de terminar la secundaria para ganarse el pan de cada día, siendo todavía un adolescente.
Convenció a Arturo Fricke, dueño de la casa "Germán Fricke y Compañía”, de que la única manera de cobrar lo que le adeudaba "La Salvadora” era darle nuevos medios para seguir trabajando la mina. La firma conocía su seriedad y honradez. Él dirigiría las labores en forma más racional que Oporto, con un criterio más empresarial.
El entusiasmo y la convicción de Patiño acabaron por ganar el apoyo de Fricke. Patiño se instaló en la rústica habitación construida como depósito de herramientas, dinamita, pólvora y víveres, ubicada dentro del perímetro de su concesión, en una ondulación del terreno que unía las cumbres Juan del Valle y Espíritu Santo, a corta distancia del socavón de su mina.
De inmediato entró en una intensa actividad. En el interior del socavón, escrutando los misterios de las rocas a la luz de un mechero de luz mortecina. Fuera, en la cancha, controlando la molienda, el lavado, el ensacado y el despacho de su exigua producción con el arriero.
Cabalgando días enteros hasta Oruro, a visitar a la esposa y los hijos o a recoger más dinero y avíos; o hasta Uncía o Colquechaca, en busca de víveres o para atender los problemas judiciales. En las noches con la contabilidad y las cartas a los abogados de Sucre y Potosí. Tenía cerca de 40 años.
Al atardecer los trabajadores volvían a sus ranchos y él quedaba solo en su pequeña vivienda, protegido a medias contra las inclemencias del tiempo por el techo de paja y las paredes de piedra.
Cierto día en que los esposos Patiño estaban ocupados en su merienda oyeron que el capataz Menéndez venía corriendo hacia ellos dando grandes voces. "Don Simón venga a ver lo que hemos encontrado... Debe ser plata pura. ¡Es una veta ancha!”.
Al escuchar la palabra plata, el corazón de Patiño se estrujó de angustia. Un hallazgo así habría sido providencial en la era de la plata, pero no en 1900. Hasta 20 años atrás habría sido una herejía para un minero boliviano maldecir la aparición de plata.
Él la maldecía si estaba metida en su "Salvadora”. La montaña de Llallagua no podía burlarse de quien la trabajaba con tanta dedicación. Fuera de la mina, Albina de Patiño se arrodilló frente a un crucifijo y rezó: "¡que no sea plata, Dios mío, que sea estaño!”.

Iván Arias Durán es ciudadano de la República Plurinacional de Bolivia

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