El imaginario urbano secuestrado

Quien calla, otorgaAlfonso Gumucio Dagrón
viernes, 19 de diciembre de 2014 · 20:53
Dos semanas atrás publiqué en este mismo espacio mi opinión sobre el cacareado concurso de belleza "La Paz maravillosa”. Lo hice un día antes de que nuestra ciudad obtuviera la dudosa certificación de que somos una de las siete ciudades maravillosas del mundo, junto a Vigan (Filipinas), Durban (Sudáfrica), Kuala Lumpur (Malasia), La Habana (Cuba), Doha (Catar) y Beirut (Líbano), una selección por demás caprichosa, que no resiste el menor análisis serio.
El promotor de la aventura comercial se las arregló hábilmente para repartir de manera equilibrada la distinción entre África, Asia, América Latina y el Medio Oriente, regiones donde tiene entrada fácil y un público deseoso de que su autoestima reciba una caricia y unos golpecitos paternalistas en el hombro, sin importarle de quien venga.
En ninguna parte se dice de qué manera fue certificada la votación, ni cómo se contaron los votos, lo que ratifica mi noción de que se trata de una operación fraudulenta, destinada a cazar incautos y billetes. Si hubiera una auditoría el señor Bernard Weber no saldría bien parado porque su negocio no es transparente.
Desde que fundó su organización privada unipersonal en septiembre de 1999, le ha dado la vuelta al mundo varias veces para promover primero en 2007 las "7 nuevas maravillas” del mundo y hace dos años el negocio de las "7 nuevas maravillas de la naturaleza”, embelecos bien montados.
Tal como predije en las primeras líneas de mi artículo anterior, fui blanco de críticas y ataques en las redes virtuales, donde el que quiera escribe aunque sea con errores de ortografía y sin ideas. Nada que me preocupe, pero interesante desde el punto de vista sociológico porque indica inseguridades y necesidades no satisfechas. También recibí mensajes de amigos, quienes se sintieron representados por mis argumentos, gente cuyo trabajo conozco y respeto.
Algunos se aprovecharon de la polémica para atacar al alcalde Luis Revilla, cosa que yo no hice porque, como dije en mi artículo, considero que es un buen alcalde. Tan bueno, que fui de los primeros en poner mi firma apoyando su iniciativa de crear una nueva agrupación ciudadana, porque estoy convencido de que merece ser reelegido y, más tarde, debería tener la oportunidad de optar por la Presidencia de este país vapuleado por el autoritarismo.
Es interesante que en los ataques que recibió mi artículo a través de las redes virtuales -espacios de catarsis que todo aguantan- lo que prima es el intento de descalificarme personalmente pero no argumentos para rebatir los míos, que son fundamentalmente dos: a) el concurso es un engaño, b) La Paz no se lo merece.
No olvidemos la definición de "maravilloso” en el diccionario de la RAE: "extraordinario, excelente, admirable”. Aparte de la topografía que la rodea, ¿qué es objetivamente lo extraordinario, excelente y admirable en La Paz para que sea más maravillosa que Ouro Preto, Antigua o Puebla? Podríamos también citar otras en África y Asia: Zanzíbar, Túnez, Estambul, Benarés o Bangkok. Y claro que hablo de las que conozco, lo peor sería hablar de ellas sin conocerlas.
Algunos envidiosos me tildaron de europeizante por decir que París o Venecia son mejores ciudades que La Paz, pero del suizo nacionalizado canadiense que dirige el  negocio de maravilla no dijeron ni mus. El concurso chuto es un negociado que ha sido denunciado varias veces. Consiste en dos empresas creadas por Weber, una "sin fines lucrativos” que le permite recibir donaciones de almas caritativas, y otra comercial que le permite reciclar esas donaciones hacia su cuenta personal. Debido al secreto bancario es difícil seguirle el camino al dinero que deposita en cuentas de bancos suizos y panameños, pero lo cierto es que la fundación caritativa no ha hecho muchas obras hasta ahora.
Estas listas de "maravillas” dependen de la plata que ponen los auspiciadores. Michael Hodson, que siguió la pista de los negocios de Weber, afirma que algunos países están tan desesperados por promover su turismo, que no dudan en pagar lo que Weber les pide. A Indonesia le exigió 10 millones de dólares para poder usar el sello "7 maravillas” en la promoción de la Isla Komodo, y Maldivas tuvo que retirarse del concurso porque no podía pagar los 500 mil dólares que le exigía Weber.
La Unesco se distanció de la operación comercial de Weber: "No existe ningún vínculo entre el programa de Patrimonio Mundial, cuyo objetivo es proteger el patrimonio de la humanidad, y la campaña ‘7 Nuevas Maravillas’ (…) No se puede comparar la campaña mediática del Sr. Weber con el trabajo científico y educativo que resulta de la inscripción de sitios en la lista de Patrimonio Mundial de la Unesco”.
Embriagados de chauvinismo ninguno de mis detractores rebatió mi razonamiento de que La Paz es "maravillosa” desde lejos, desde arriba, en las fotos saturadas gracias al photoshop, donde brilla de noche como una ciudad de luz a los pies del imponente Illimani. Su topografía es sin duda única, pero considerarla ciudad maravillosa implicaría describir sus calles, plazas, parques, mercados, arquitectura, servicios, tráfico, violencia, vida cotidiana, etc. ¿Alguien menciona eso?
No, ninguno analiza, todos miran a través del lente chauvinista que los gratifica, aumenta su autoestima y los hace sentirse menos provincianos. La Paz no necesita que un negociante suizo la haga "maravillosa”. Lo que necesita es convertirse en una ciudad más amable y segura, con mejor arquitectura, con espacios verdes, con servicios que funcionan, y sobre todo con ciudadanos educados, participantes y más conscientes de lo que es vivir en comunidad.
 
Alfonso Gumucio es comunicador, especialista en comunicación para el desarrollo.

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