Ventana al mundo Agustín Saavedra Weise

El fin del acorazado Graf Spee

domingo, 21 de diciembre de 2014 · 20:42
El acorazado de bolsillo "Graf Spee” tenía 188 metros de longitud y pesaba 15.000 toneladas. No era tan pequeño como su nombre popular indicaba. Llevaba además más de mil tripulantes, sumando oficiales, suboficiales y tropa. Lanzado en 1934, fue parte de un grupo de  naves de guerra producidas para la marina alemana con la mejor tecnología de la época. Fue parte también del proceso armamentista impuesto por Adolfo Hitler, quien rechazó las limitaciones del Tratado de Versalles al asumir el mando en 1933 y fundar el oprobioso "Tercer Reich”,  efímera entidad política desaparecida en 1945 tras la derrota del nazismo en la Segunda Guerra mundial (SGM).
Pocos meses antes del inicio de hostilidades (septiembre 1939) el Graf Spee  fue comisionado para trasladarse al Atlántico Sur. Comenzada la contienda hundió  en menos de tres meses nueve barcos ingleses y se convirtió en una verdadera pesadilla para el Almirantazgo británico. Por orden de Londres tres destructores salieron en procura del escurridizo acorazado: el Exeter, el Ajax y  el Aquiles.  Los primeros choques fueron en  mar abierto (cerca sí del extremo de la banda oriental del Río de la Plata) desde el 13 de diciembre de 1939. El Graf Spee logró compensar con su calidad la mayor cantidad de oponentes  y les infligió serio castigo pero quedó dañado. Su capitán, Hans Langsdorf,  decidió ingresar en aguas platenses. Recaló en el neutral puerto de Montevideo -capital uruguaya- para iniciar reparaciones y liberó a sus prisioneros de guerra. Siguieron momentos de tensión por reportes sobre una presunta encerrona contra el Graf Spee de una flota muy numerosa ubicada en la boca del estuario. Aunque los informes resultaron ser falsos, el capitán alemán ya había tomado su decisión: destruiría el buque en el río a fin de que sus rivales no se apoderen de ningún secreto tecnológico. Además al Graf Spee le quedaba poca munición, sus probabilidades de salir a mar abierto eran escasas y pensar en retornar a Europa resultaba imposible. Completada la tarea destructiva que se auto impuso, Langsdorf despidió a su tripulación, dejándola en libertad para que individualmente cada quien decida qué hacer. Varios de ellos volvieron a su tierra natal, otros se quedaron en Uruguay y en Argentina. El  bravo capitán se suicidó el 19 de diciembre de 1939,  trágico hecho que acaba de cumplir 75 años y marcó el fin de la desigual batalla del Río de la Plata. Descendientes de Langsdorf estuvieron en las ceremonias conmemorativas de hace pocos días.
Narro este singular episodio de los primeros tiempos de la SGM debido a que tuve un roce indirecto del destino con el Graf Spee. Un compañero de colegio en Buenos Aires -Horst Werner, recientemente fallecido- era hijo de uno de los tripulantes del Graf Spee que radicó en Argentina. Su padre siempre nos narraba de chicos las partes salientes del épico combate y su trágico final con la inmolación del valiente Langsdorf. El Sr. Werner repetía orgulloso que  no fueron vencidos, que la abrumadora superioridad numérica de los británicos no pudo con la potencia del acorazado de bolsillo que pese a estar en desventaja libró un gran combate.
El Graf Spee pasó a ser una imagen grabada de mi juventud, por eso decidí teclear estas incompletas líneas en memoria de los valientes de ambos bandos, quienes lucharon con coraje en el único encuentro naval de la SGM que tuvo lugar en aguas sudamericanas.

Agustín Saavedra es economista
 y politólogo.

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