Quien calla, otorga

¿Ciudad maravillosa?

Alfonso Gumucio Dagron
viernes, 5 de diciembre de 2014 · 21:02
Recibiré reprimendas y quizás algunos me quiten el saludo. Ni modo, tengo que decir lo que pienso: la campaña "La Paz ciudad maravillosa” es un embeleco, una operación comercial para atrapar incautos. Lo digo cuando la campaña ya ha terminado para que no se quejen demasiado.
El negocio funciona así: el tipo que promueve la iniciativa viaja por el mundo con apoyos de empresas y publicidad, gracias a chauvinistas de escarapela impulsados por su entusiasmo ingenuo.  
Lo peor es que caen en las redes de esa argucia lucrativa gobiernos y alcaldías de las ciudades propuestas, como ha sido el caso en La Paz. Probablemente las autoridades municipales se sienten obligadas a hacerlo, sin poder zafarse del compromiso para no ser blanco de las críticas de los votantes.
Es sabido que hace años la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) se distanció de esta aventura comercial y expresó oficialmente que las listas "maravillosas” no tienen nada que ver con la lista de Patrimonio Mundial de la Humanidad.
La diferencia es clara. Para declarar a un bien histórico y cultural parte del Patrimonio Mundial (material o inmaterial), se desarrolla un proceso largo y complejo en el que intervienen instituciones nacionales e internacionales, científicos, sociólogos y especialistas en cada tema, que ayudan a los países a preparar propuestas completas y fundamentadas, de manera que —no siempre—, un bien cultural pueda ser declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad.
Además de la instancia internacional que es el Centro de Patrimonio Mundial de la Unesco, cada país cuenta con mecanismos nacionales propios, que si bien no tienen valor internacional, sirven para poner en relieve sus bienes históricos, culturales o naturales y promover el turismo.
Pero en el fanfarreo irresponsable de elegir "ciudades maravillosas”, como si fuera una pasarela de moda o un concurso de belleza, lo que cuenta es la ingenuidad de los corazoncitos parcializados a favor de la ciudad en la que laten.  Haga clic en "me gusta”... Basta acumular votos para ganar y no tiene nada que ver con un análisis objetivo y serio. Es pura chacota "para ver quién gana”.
En una edición anterior de esta iniciativa, el hábil promotor hizo su gira por el planeta montado en la pregunta: "¿cuáles son las siete nuevas maravillas del mundo?” Entre algunas de indudable valor (la muralla china o Petra), salió plebiscitado el Cristo del Corcovado, solamente porque los cariocas son muchos. No clasificó Ellora o Ajanta (India) o Angkor Wat (Camboya), que dejarían al Cristo Redentor como piojo tuerto. La ignorancia sobre nuestro ancho mundo gana, no el conocimiento.
Ahora se le ha ocurrido ganarse la vida por unos años promoviendo las "siete ciudades maravillosas”. Si nos ponemos la mano en el pecho, por mucho que nos guste su paisaje desde las alturas, no hay argumentos racionales y objetivos para que La Paz pueda estar entre las siete (o 14) ciudades maravillosas del mundo.
La Paz no se lo merece. Ojo que digo esto al margen de los esfuerzos realizados en diferentes periodos de la ciudad por alcaldes como Salmón, Mantilla,
MacLean, Del Granado y Revilla, que hicieron lo suyo por una ciudad mejor organizada y administrada, más amable y más bella.
La gestión de Luis Revilla es encomiable desde todo punto de vista, pero eso no coloca a La Paz entre las "siete ciudades maravillosas del mundo”, porque el mundo es ancho y ajeno y hay muchas ciudades más bellas.
La Paz es atractiva desde el aire. Es una ciudad fotogénica cuando se la mira desde arriba. Las fotos que salen en las redes virtuales muestran una topografía atractiva, una ciudad rodeada de imponentes montañas nevadas. Aparece tan linda en las fotos que no se parece a la que vivimos cotidianamente. Lo que vale es el paisaje, de lejitos.
La ciudad que vivimos día a día no es maravillosa. Los mismos que ahora votaron con entusiasmo, se quejan todos los días de las dificultades que encuentran para vivir como ciudadanos dignos.
Es una ciudad llena de quebradas taponeadas por desechos sólidos, la basura maloliente aparece en las esquinas, los postes están saturados de cables que afean el panorama, el transporte público (salvo el teleférico y el PumaKatari) es malo, el tráfico es infernal, las calles son un embudo con demasiados vehículo, con conductores y peatones que no respetan las reglas elementales de convivencia. La aceras están rotas, la gente tropieza y se quiebra las piernas en agujeros nunca señalados.
Es absurdo que entre las "maravillosas” finalistas no esté Praga, París, Roma, Florencia, Venecia, San Petersburgo, Moscú, Viena, San Francisco y tantas otras, y que, en cambio, aparezcan Reikiavik, Doha, Perth, Vigan o La Paz, que son de tercera categoría. No existe el menor sentido de la proporción, pero sí mucho patriotismo y algunas ventajas comerciales.
 
Alfonso Gumucio Dagron es comunicador social, especialista en comunicación para el desarrollo.

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