Guerra del transporte urbano en La Paz: una mirada desde la sociología

Víctor Oporto Ordóñez
jueves, 20 de febrero de 2014 · 20:44
En las dos últimas semanas se produjeron, en El Alto y La Paz, acciones vecinales directas en contra de varios sindicatos de minibuseros, como rechazo contundente  a las conductas que han caracterizado, como un sello particular, el accionar de los conductores del transporte público: el maltrato a pasajeros, el cambio de discos y el "tramaje”.
Mientras las ciudades de La Paz y El Alto crecen, nos vamos sumiendo en el caos vehicular causado por el alto congestionamiento, la estrechez de las calles y avenidas y la falta de una política urbana para el siglo XXI que provea a las ciudades de autopistas aéreas, como ocurre en el mundo desarrollado.
¿Qué podemos decir desde la sociología? ¿Cómo explicar tales conductas de los transportistas?
Dos conceptos me parecen adecuados para exponer este fenómeno:
El primer concepto es la anomia, que se entiende como el debilitamiento de la moralidad común, que actúa como un elemento que moldea la conducta de los transportistas, quienes, por el afán de maximizar sus ganancias, evitan cualquier mecanismo de autorregulación, desoyendo los reglamentos gremiales internos referidos al trato al cliente, el cumplimiento de horarios y el recorrido de parada a parada.
Así, han provocado una total indefensión en la población, llegando incluso a niveles cuasi inhumanos con los más débiles: niñas y niños, personas de la tercera edad, comerciantes al detalle que caminan con bultos y otros que son ignorados por muchos conductores. De este modo, la calidad de vida de la población urbana se encuentra progresivamente en mayor deterioro, haciendo la vida en la ciudad un vía crucis.
Muchas veces es normal encontrar las paradas de minibuses misteriosamente vacías, sin un solo motorizado; la respuesta: hay campeonato de fútbol o es el aniversario de la línea. Igualmente, muchos conductores incumplen horarios por el frío, por la lluvia o porque no hay pasajeros. En muchas zonas de La Paz y El Alto es común ver cómo los minibuses giran sin llegar a sus paradas, sin pensar que hay personas esperando en estas paradas.
En las fiestas de choferes, los minibuses se convierten en bares ambulantes. Se han dado casos de violaciones en estos motorizados. Muchos cogoteros actúan en minibuses, como se produjo con el vehículo del sindicato Arco Iris. La enumeración de las contravenciones propias de la anomia de estos conductores excede cualquier espacio.
El segundo concepto importante es la contradicción entre clases y grupos sociales. El gremio del transporte es una poderosa entidad clasista, en sentido de que sus miembros no pueden entrar en la categoría de la clase trabajadora, sino más bien de la clase propietaria.
La evidencia empírica nos permite identificar a este sector social como un poderoso gremio de empresarios del transporte en cuyo interior, evidentemente, existen también escalas sociales. Están los más poderosos que poseen varias unidades de transporte, los que poseen una única herramienta de trabajo y aquellos que no poseen un vehículo propio y trabajan como relevos.
Así, frente a la clase de los transportistas tenemos a la clase trabajadora en condición de empleados o trabajadores por cuenta propia y la clase media, que se ve obligada a usar el transporte público. Naturalmente los intereses de ambos sectores sociales son diametralmente opuestos: mientras los primeros maximizan sus ganancias con el tramaje, los segundos deben buscar en un terreno inhóspito la forma de transportarse "haciendo maravillas” y disminuyendo sus ingresos.
Sin embargo, hay esperanza: la revolución del transporte urbano ha comenzado con el teleférico, el PumaKatari y el transporte vecinal.


Víctor Oporto Ordóñez es docente universitario e investigador social.

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