Economía de papel

Entre lo que se dice y lo que se quiere oír

Alberto Bonadona
viernes, 7 de febrero de 2014 · 20:39
La pasada semana presencié una excelente exposición de Enrique Velazco en el Banco Central en la que se dirigió a un grupo mayormente compuesto  por economistas. La claridad con la que expuso los datos  y la explicación que realizó fueron, como siempre, magistrales. Las ideas centrales, sobre la base de evidencia empírica de las economías boliviana y estadounidense, apuntan a una sobredimensionada importancia otorgada a la inversión en capital fijo frente a la real necesidad de redistribuir el ingreso de manera más equitativa entre la población. De acuerdo con  los datos exhibidos, esto es verdad para ambas sociedades:  la de  EEUU y la de  Bolivia.  Por supuesto, lo que apunta Velazco, no es regalar dinero sino generar empleo que permita tanto crear  más valor económico dentro de las fronteras nacionales como mejor retribución al trabajo de los bolivianos.
Son ideas simples respaldadas, insisto, en evidencia empírica. Por supuesto que Velazco no apunta a que se vuelva a la Edad de Piedra y se renuncie al uso de maquinaria sofisticada sino que llama la atención al uso de los recursos financieros que Bolivia posee o pueda atraer. Al dirigirlos preferentemente a la inversión en la explotación de los recursos naturales, sean éstos hidrocarburos o mineros, el impacto en la economía nacional es enormemente menor que si los mismos se destinarían a la inversión para desarrollar la producción de artículos para los que Bolivia posee dotaciones naturales casi exclusivas. Por ejemplo,  en la producción de determinados cereales o frutas que al vincularse con actividades generadoras de valor agregado gozan de la relevante característica de privilegiar la creación de mayor número de puestos de trabajo. Aspecto que claramente supera lo que permiten las actividades mineras e hidrocarburíferas.
Un ejemplo que Velazco utiliza en sus exposiciones parte de  preguntarse cuánto de los dólares de la compra de cualquier maquinaria, que no se produce en Bolivia,  se queda en el país y cuánto se va al país proveedor.  Obviamente la respuesta es que más son los dólares  que salen del país que los que se quedan. Por supuesto que se podría cuestionar a Velazco la enorme dificultad de crear actividades  productivas  que se encadenen exitosamente para la creación de valor y fuentes de trabajo en las actuales condiciones que presenta la base  productiva nacional. Pero lo que es más difícil de poner en duda es la gigantesca fuga de dólares por mantener el actual patrón de inversión en capital fijo. Entonces, las pautas que Velazco sugiere se refieren más a formas de modificar los senderos recorridos en la búsqueda del desarrollo que a si lo que dice condice con las teorías amadas por los economistas para encarar el tema y que hasta hoy no dan los resultados de efectivo desarrollo. Por la claridad de los argumentos de Velazco en la charla mencionada  y en otras oportunidades,  quedé impresionado con respecto a las preguntas que los profesionales economistas hicieron de lo expuesto. Parecía que, para éstos, el expositor habló en sánscrito.
Se refirieron a las teorías económicas  neoclásicas, a que si es válido utilizar los datos de EEUU,  a que si Velazco quería modificar las cuentas nacionales y si para esto era necesario modificar la misma concepción hecha  por NNUU. Hubo muchas preguntas y, en general, puedo decir, no se tocaron los  aspectos  esenciales de lo explicado.
Me imagino que Enrique Velazco se sintió muy frustrado al concluir el acto. Sé que esto no lo hará retroceder en su intento de reorientar las políticas de inversiones del Estado boliviano. Su convicción sobre lo que ha descubierto es más grande que los oídos sordos que  encuentra ya por largo tiempo en muchos de los economistas a los que expone sus intuiciones, sugerencias de nuevas investigaciones, renovadas maneras de analizar una realidad testaruda a la transformación. En fin,  ideas que se alejan, afortunadamente de  los marcos rígidos que controlan las mentes de muchos  economistas.
Lo ideal sería que, con una mente más abierta, los economistas, particularmente los más jóvenes, intenten entender lo que Enrique Velazco dice y no lo que creen oír. Muchos al escuchar distribución y redistribución del ingreso reaccionan inmediatamente como si se estuviera hablando de algo prohibido o de medidas que este Gobierno ya está ejecutando. Velazco, creo yo, nos da la oportunidad de comprobar con nuevos enfoques  y  métodos lo que se ha estado repitiendo aquí y en otras latitudes sin mayor cuestionamiento y, por supuesto, sin una mejor orientación para alcanzar el desarrollo de la economía y la sociedad bolivianas.
 

Alberto Bonadona es economista.

Aunque imaginoque Enrique Velazco se sintió muy frustrado al concluir el acto, sé que esto no lo hará retroceder en sus ideas.

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