Precisiones

Diálogo con Chile: precariedad y cambio

Fernando Salazar Paredes
viernes, 14 de marzo de 2014 · 21:02
Aún recuerdo esa necia declaración oficial del Gobierno, por boca de su viceministro de Relaciones, Hugo Fernández, a fines del 2008, que decía: "Nunca en la historia, por lo menos en los últimos 50 años, las relaciones con Chile han sido tan pacíficas y tan productivas”. Tan sólo cinco años después, Bolivia demanda a Chile en La Haya.
Nadie demanda si las relaciones son pacíficas y productivas. Nunca se tuvo una lectura correcta del alcance del estado de nuestras relaciones o no relaciones con Chile. Aún hoy, la lectura sigue confundida, pues le hemos dado a Chile la excusa necesaria para postergar el diálogo sine die.
Existen elementos que demuestran que nuestra política exterior, incluyendo la marítima, es producto del pensamiento y la acción de una sola persona: el presidente Morales y, en ocasiones, su círculo íntimo. No existe un verdadero aparato de relacionamiento externo que apoye al Primer Mandatario; todo se acicala, no en la Cancillería, sino en otros meandros gubernamentales.
Resulta congruente decir, entonces, que la política exterior tiene origen y destino en lo que el señor Presidente -perspicaz político- concibe en su imaginario. Uno de sus mejores retratos lo ha hecho el periodista Martín Sivak en el libro "Jefazo”. Zivak recoge con gran sagacidad la personalidad de nuestro mandatario cuando dice que Evo es hijo de la precariedad reinante en el país y, al mismo tiempo, la personificación del cambio. El relacionamiento con Chile no escapa a esa precariedad ni al cambio.
El señor Presidente ha impreso a su política hacia Chile una notable variación: de esa suerte de pasividad
gradualista que permeó los primeros años, cuando se transitó hacia a una agresividad con rumbo precario. De un coqueteo permanente en busca de la confianza mutua se ha ido a la confrontación jurídica internacional.
Hasta se podría concluir que, a una posibilidad de diálogo, se le ha añadido una táctica de presión para con un Chile que, nuevamente, pretende un liderazgo regional, imposible de lograr mientras no se avenga a solucionar un problema que fue creado por Chile mismo utilizando la fuerza de las armas y que, aún ahora, pone en riesgo la paz de la región.
Todo dependerá, sin embargo, de dos cosas: el asentimiento de Chile de dialogar por cuerda separada al contencioso de La Haya y, además, que nosotros sepamos cuándo apretar el freno o el acelerador del diálogo, para evitar una nueva colisión. No obstante, por ahora, todo esto parece estar muy lejano.
Si bien el cambio es algo incuestionablemente cierto, también la precariedad de nuestra posición es algo indudablemente evidente.
Cómo se puede demandar si, simultáneamente, pedimos al demandado que presente una propuesta de solución. Nadie propone nada que afecte sus intereses. La estrategia de esperar que Chile presente una propuesta factible es ingenua y carece de sentido común. A Chile, con este Gobierno, al igual que con el anterior, no le interesa cambiar el actual estado de cosas; es Bolivia la que debe originar la propuesta factible. Lo contrario enreda una potencial negociación cuyo origen sea judicial o no.
La precariedad también se exterioriza en la perniciosa y peligrosa improvisación y falta de idoneidad de nuestros negociadores y diplomáticos. ¿Qué credibilidad puede tener el militar-embajador-cónsul en Santiago después de habérsele denunciado por inoperancia y abusos? ¿Qué eficacia puede demostrar el improvisado alcalde-embajador en Lima, después de que el canciller peruano lo amonestó públicamente por no saber conducirse como diplomático?
La precipitada designación de profanos para dos puestos claves en el tema marítimo confirma la precariedad. El militar-cónsul (no es el primero en este puesto) fue entrenado para la guerra, no para la negociación. El alcalde embajador se aplazó por dos evidentes fallas: los convenios de Ilo duermen plácidamente en el Parlamento peruano y la súbitamente abortada invitación peruana al señor Presidente, ya con un pie en el avión para visitar Lima. Ambos están firmes en sus bastiones.
Convengamos: el cambio se ha dado, pero la precariedad continúa.  El señor Presidente es el único que puede revertir esa precariedad y convertirla en estabilidad, requisito indispensable para conseguir objetivos de política exterior.
Dos acciones podrían contribuir a muy corto plazo: (1) formular y presentar una propuesta viable para obtener una salida al Pacífico que consulte los intereses de ambas partes y (2) designar negociadores con oficio y experiencia en nuestras misiones en Santiago y Lima.
El cambio con precariedad conlleva siempre el riesgo del inminente fiasco; el cambio con estabilidad puede encaminar el éxito.

Fernando Salazar Paredes es abogado internacionalista.

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