Desde el mirador

En el umbral de las elecciones 

Mario Castro
domingo, 28 de septiembre de 2014 · 19:26
En la democracia es sustancial la libertad de pensamiento adosada con las libertades de expresión y de información. Sin embargo, en algunas ocasiones se ha pretendido, con distintos proyectos, encasillar en determinados moldes sectarios, lejos del interés general de la nación, del ejercicio del periodismo y el derecho de la ciudadanía a ser informada pluralmente; los proyectos de 2leyes mordaza” son harto conocidos. La reacción provocada fue que con las mal intencionadas censuras se hizo amar más esas libertades.
 Elecciones y democracia son dos conceptos que siempre marchan teóricamente juntos.  Infelizmente, como señalamos, las prácticas respectivas a veces se separan del concepto. Ahora, en los umbrales de elecciones generales, es pertinente remarcar que no se pierda de vista este aspecto dentro de la más amplia y limpia concepción. Cuando se pelea furiosamente por unos votos, en esa contienda desaparecen, con frecuencia, el apego a ley y principios de ética.
No se trata de considerar esto con un rasero sin vitales y encendidos debates. El ejercicio de la política se tiñe de apasionamiento. La pasión hace parte de la política. Si no hubiera pasión sería como para descreer de la fe de los hombres que proponen caminos y  programas.
Cuando nos encontramos exactamente a 12 días del histórico encuentro del ciudadano con su deber cívico, y mientras los candidatos están entregados a acelerar sus campañas, en la opinión pública subsiste un cierto sabor de insatisfacción.
Por la vía de la propaganda electoral y la copiosa información que han difundido, mediante diferentes medios de comunicación social, el ciudadano ha recibido una dosis alta de politización, que no siempre ha tenido los mejores componentes.
En realidad, debe admitirse que el mensaje electoral de los partidos y sus candidatos -más en unos casos que en otros- se ha regocijado incidiendo en la invectiva reiterada, en la frase mordaz y en la imagen reprobatoria del adversario coyuntural. Esa inversión de los valores electorales ha dado como resultado que los mensajes sobre propuestas programáticas y definiciones ideológicas pasen a un modesto y desvalorizado segundo plano.
No es que hubiera estado ausente el planeamiento de los grandes problemas y la oferta de soluciones desde la diversidad de las candidaturas, más que por los postulantes, por quienes han formulado cuestionamientos o los que los han interpelado interpretando anhelos de la ciudadanía.
Además, es cierto que se privilegió el ataque al adversario, con la inocultable finalidad de desprestigiarlo; está a la vista que han supuesto que de ese modo se verán favorecidos, pero como esto de los ataques ha sido una avenida en muchas direcciones, no se sabe a la postre quién o quiénes son los beneficiarios de esta guerra que por momentos se libró en contra de los mismos atacantes.
De lo apuntado se concatena con el derecho que tiene la comunidad de exigir ética en su desempeño a los medios de comunicación social, cosa que se ha planteado voluntariamente en la autorregulación, fundamentando la ética en la credibilidad y respeto a la dignidad humana en la información, lo mismo que en la opinión al tratar de orientar sobre hechos trascendentales y también cotidianos, aún al condenar determinadas acciones, teniendo en cuenta que los postulados de libertad de expresión y de prensa se consolidan en la expresión de la sociedad a la que sirven, sobre todo, si no se convierten en instrumentos de manipulación al servicio de intereses económicos y políticos.
Ahora, a esta altura del proselitismo, la ciudadanía en general quiere dotarse de optimismo respecto de los resultados, aunque la confianza ha mermado por experiencia y, obviamente, quienes conforman el importante sector del periodismo y la comunicación social desean que sea augural la histórica instancia electoral y cuando se lleve a la práctica ese ejercicio se lo haga con preceptos favorables a la transparencia y el derecho a las discrepancias.
De ese modo se podrá también exigir a los elegidos que procedan con comportamientos esenciales con los que estamos comprometidos, para no terminar pidiendo que no se divulguen los errores y tratar de acostumbrarnos a ellos, con o sin normas supremas.

Mario Castro es periodista.

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