Nada es lo que parece

La decadencia de los tejidos andinos

Guillermo Mariaca Iturri
jueves, 15 de enero de 2015 · 19:54
Los tejidos andinos son extraordinarios. Son realizados con una técnica que hace posible que tengan dos caras equivalentes y que deban ser vistos como un volumen y no como un plano; tienen una complejidad de diseño que narra la vida diaria, la espiritualidad y la ritualidad simultáneamente.
Conservan un proceso productivo vertical que reúne desde las materias primas -lana y materiales para el teñido- hasta la altísima creatividad individual, conservando el ancestral patrón cultural de diseño, y sostienen una tradición que se ha mantenido y desarrollado desde sus orígenes documentados hace 3.000 años en la cultura Chavín.
Que un tejido preserve la memoria técnica, artística y, sobre todo, comunitaria, nos revela su carácter fundamental en el mundo andino. Sus transformaciones, incluyendo pérdidas, conservaciones y adquisiciones, también demuestran que su vitalidad no proviene de los intentos de retirada a la museificación ni de los esfuerzos banalizadores del mercado. Porque hoy los tejidos andinos siguen vivos. Penosamente, difícilmente, marginalmente, pero orgullosamente vivos.
Hace algo más de 20 años se inició el proyecto de renacimiento de tejidos quechuas –Jalka y Tarabuco-  a cargo de una pareja de antropólogos. Años más tarde ampliaron su campo de intervención a Tinkipaya y la región Calcha. Hoy, Verónica Cereceda continúa impulsando el trabajo de conservación y formación de los Antropólogos del Sur Andino (ASUR).
Paralelamente, otra pareja, una antropóloga y un lingüista, ha hecho lo mismo con tejidos aymaras y quechuas desde una perspectiva más académica que ya tiene una producción -en algunos casos compartida- de más de una docena de libros. Denise Arnold y Juan de Dios Yapita, desde el Instituto de Lengua y Cultura Aymara persisten en este su largo compromiso.
Y, claro, ese libro tan importante publicado en 1987 por un trío de mujeres (Arte textil y mundo andino) que, digámoslo así, refunda en Bolivia la perspectiva académica y existencial del tejido. El paciente trabajo de Teresa Gisbert que ha producido, entre otras cosas importantes, uno de los pocos conceptos teóricos para entender la relación entre el mundo indígena y el mundo europeo -barroco mestizo- forma parte del renacimiento del tejido andino.
(No creo que sea anecdótico que sobre todo el trabajo de tres mujeres nos haya  hecho mirarnos desde esa perspectiva tejedora los últimos 25 años. No resalto su género sólo porque sea así, sino porque supongo que tiene que ver con cierta sensibilidad teórica y existencial ante las modernamente llamadas artes menores que en el caso andino son sumamente mayores).
Cualquiera pensaría que en las   políticas de los últimos 10 años en Bolivia tendríamos que estar viviendo un fortalecimiento de la cultura de los tejidos. Sin embargo, está sucediendo lo contrario. En las regiones Tarabuco, Jalka, Tinquipaya y Calcha ya son dos las generaciones que no tejen según afirman en ASUR.
En las regiones aymaras he observado lo mismo. El apoyo estatal es reducidísimo, por no decir inexistente. Las tejedoras -que antes tejían por un compromiso tradicional que, al no estar ligado al mercado, todavía podía extraer horas al trabajo agrícola, ganadero, etcétera, aún si la técnica y el diseño se iban empobreciendo- ahora saben que su trabajo no es valorado ni valorizado y comienzan a retirarse hacia otros emprendimientos más rentables en el corto plazo.
La decadencia del tejido parece formar parte ahora de un efecto colateral de las políticas públicas estatales que promueven, por ejemplo, el regalo de tractores que duran dos años y el olvido de tejidos que nos embellecerían y nos ritualizarían y nos identificarían y nos devolverían la memoria de lo  mejor de nosotros mismos. Pero no. Más vale un tractor que un tejido.
Si el lugar del mundo indígena en el escenario político continúa en el primer plano en estas condiciones, seremos testigos de su desaparición.
La energía nuclear y los cultivos transgénicos cancelarán estructuralmente cualquier posibilidad de una relación con la tierra desde la perspectiva andina -que, dicho sea de paso, nada o muy poco tiene que ver con el capitalismo verde.
La reforma educativa "comunitaria productiva” persistirá en promover una formación docente pésima construyendo una escuela de imitadores globalizados que cerrará la posibilidad de una educación realmente intercultural, y la mercantilización de la relación entre mundo indígena y mundo moderno anulará la ritualidad de la vida diaria.
 Qué dolorosa paradoja. Un Gobierno indígena está matando su memoria y su horizonte. Un Gobierno indígena está revelando que su condición colonial es, en verdad, su dogma de fe. Su auténtico rostro colonial enmascarado en un indio.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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