Flavio Machicado Saravia

Derechos Torcidos

jueves, 22 de enero de 2015 · 20:05
Hombre de extracción indígena, presidente de la Corte de Justicia, luego presidente de México, considerado Benemérito de las Américas, Benito Juárez, en 1867, sentenció: "Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Un derecho inalienable es la libertad, un concepto que cada vez se vuelve más abstracto e impenetrable. Si nuestros antepasados ponderaron sobre los límites, el alcance e instituciones que la precautelan, hoy la libertad parece abrazar desconsolada a su hermana defenestrada, la justicia.
La mujer con los ojos vendados, sosteniendo una espada y una balanza, en efecto, se trata de una diosa cuya ceguera es inducida por un velo para significar que la justicia debe llegar a todos por igual, sin discriminación y con imparcialidad. Pero para un Gobierno que prometió terminar con la discriminación, ahora arranca una página de un pasado de discriminación racial, para transformarlo en un presente de discriminación con fines políticos.             
La justicia empuña la espada, que simboliza la fuerza, el coraje y el orden, que la justicia ha perdido hace tiempo. La balanza en su otra mano representa la equidad, el equilibrio y la ponderación, principios que se arrodillan ahora ante el poder. Hemos olvidado las palabras de Franz Tamayo, cuando afirmó que la "única sumisión que no denigra, es la sumisión a la ley”.
La historia observa las vicisitudes de la libertad y justicia desde un plano que trasciende las voluntades y caprichos del momento. Impasible, traduce el trato que reciben quienes fueron personas de confianza del actual esquema de poder -magistrados, diputados y líderes campesinos- como evidencia de la vulnerabilidad del sistema democrático.
Aquí y ahora los incómodos o adversarios son juzgados en la corte de la opinión pública, sin guardar las formas y el "debido proceso”. Las reglas de juego ya no precautelan la libertad o justicia, sino que inhabilitan a los contendores en las próximas elecciones para gobernadores y alcaldes, ciudadanos bolivianos que hasta hace poco habían pertenecido a las filas oficiales.
En nuestro trópico de 3.600 metros de altura se empieza a reemplazar el símbolo de la justicia por la figura de los tres monos sabios del santuario de Toshogu,  al norte de Tokio. Pero en lugar de la prudencia reflejada en ellos, nuestra resolución parece ser la de tapar nuestra indignación por la injusticia, para destruir el ánimo de oír la voz de quien está siendo mal juzgado, callando frente al poder, a fin de no perder los efímeros privilegios.
La coyuntura no admite que la crisis moral se traduzca en conflicto social. Pero si las damas de la libertad y justicia parecen postrarse ante un poder que se cree eterno, la historia sabe cuán precaria puede ser la ilusión de impunidad. Por ende la importancia de reformar la justicia y establecer un Poder Judicial auténticamente independiente y solvente.
Cuando postulé para constituyente propusimos una elección de magistrados por voto directo. Pero a diferencia del fallido experimento, que en su momento fue rechazado por la mayoría de la población, esta elección debía ser parte de una transición, para evitar precisamente la discrecionalidad política.
El Poder Judicial debía quedar en manos exclusivas de los magistrados, quienes, al renunciar, morir o cumplir con la edad tope, eran sustituidos a través de un mecanismo de selección por las propias autoridades judiciales, quienes tenían que proponer una terna para su elección de parte del Poder Legislativo. Los candidatos debían ser propuestos por los colegios profesionales, universidades  o entidades cívicas de reconocido prestigio, a fin de implementar una meritocracia.
El Poder Ejecutivo, sin embargo, no ha respetado ni siquiera los magistrados que supo imponer. La pugna por el control del Poder Judicial ahora nos arrastra por un lodo alimentado de lágrimas que derraman los símbolos de la justicia y libertad.

Flavio Machicado Saravia es miembro de Número de la Academia Boliviana de Ciencias Económicas.

 

La pugna por el control del Poder Judicial  nos arrastra por un lodo alimentado de lágrimas que derraman los símbolos de la justicia y libertad.

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