Bajo la sombra del olivo

Chile víctima de su propia trampa

Ilya Fortún
miércoles, 30 de septiembre de 2015 · 20:27
El martes pasado, el periodista Juan Manuel Astorga de la Televisión Nacional de Chile, fue por lana y salió trasquilado.
Invitó a Carlos Mesa hasta su set en Santiago y creyó que con un par de preguntas capciosas iba a desarmar a su entrevistado -empañando así el primer triunfo boliviano en la Corte Internacional de Justicia- e iba a contribuir a la inaudita interpretación que se intenta forzar en Chile, que intenta convertir una derrota en una victoria.
Astorga arrancó el programa con una astuta sonrisita en los labios, tratando de hacerle pisar el palito a uno de los hombres mejor formados del país en el tema marítimo -que seguramente le debe llevar dos décadas de ventaja en el periodismo televisivo- y terminó con el rostro desencajado, al igual que los otros invitados y el público en el set.
El expresidente Mesa lo destrozó de principio a fin con una solvencia y un aplomo que, estoy seguro, hizo que muchos televidentes chilenos se digieran en el fondo de sí mismos: con razón nos ganaron estos bolivianos.
El Informante (así se llama su programa), o no sabía realmente a quién tenía delante o cometió el mismo error que ha llevado a Chile a la situación en la que se encuentra en el conflicto con Bolivia: creer que ellos son los más vivos del mundo y que el resto son tontos.
El problema en Chile hoy es que todavía no son capaces de darse cuenta que el escenario ha cambiado y que insistir en la misma postura de siempre los coloca en una posición que raya en lo ridículo.
Y es que durante muchísimo tiempo les funcionó muy bien la cómoda postura de decir que no a todo, mientras nos hacían creer sucesivamente que estaban dispuestos a negociar una salida soberana al mar, para después hacerse los locos y seguir diciendo que no a todo.
Era tan cómoda su postura que, incluso, proyectaba la falsa impresión de que ellos tenían una sólida política de Estado al respecto y que los bolivianos, al contrario, divagábamos erráticamente. Bueno pues, los últimos acontecimientos han demostrado todo lo contrario.
Bolivia buscó y buscó hasta que encontró la manera de impedir que se nos siga engañando y el país entero se alineó detrás de esa estrategia, y la gran política de Estado chilena se tambalea como un flan, en medio de un cacareo que clama el abandono del Pacto de Bogotá o cualquier pateada de tablero que les evite rendir cuentas ante la comunidad internacional.
Hoy ciertas élites chilenas se resisten a aceptar que una corte de justicia del más alto nivel ha establecido que sí tienen un tema pendiente con Bolivia y que existe una seria posibilidad de que, desde el banquillo del acusado, sean obligados a cumplir finalmente con sus ofrecimientos.
El primer reflejo que han tenido es insistir en el mismo razonamiento, pensando que, en el peor de los casos, también engañarán a la Corte y a la comunidad internacional, sin costo alguno, con una negociación engañosa que mantendrá las cosas como siempre.
No se dan cuenta de que la esencia y la posibilidad de éxito de la demanda boliviana se basa justamente en haber vuelto contra ellos su actitud mañosa y que, por eso mismo, el eterno truco corre el riesgo de no funcionar más o, peor aún, funcionar en contra.
Tampoco parecen darse cuenta de que la situación en la que están -de crisis estructural y de un profundo agotamiento de modelo de país- los pone también en una posición bien distinta a la que históricamente estuvieron acostumbrados; nada raro que los chilenos de a pie, que están hasta la coronilla con sus élites, terminen cobrándoles caro este nuevo fracaso, una vez que se despejen los vapores chauvinistas y nacionalistas.
¿O será que sí se dan cuenta, pero no les queda otra?

Ilya Fortún es comunicador social.

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