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Carlos Hugo Molina y Sebastián

miércoles, 23 de diciembre de 2015 · 00:00
Años atrás escribí algo sobre Carlos Hugo Molina. A los dos años quería recordar el texto, no pude, hurgué mi computadora y la traicionera no quiso hacer aparecer lo que yo buscaba. No encontré nada por más que busqué y rebusqué. Entonces acudí a su hijo, a Sebastián, le dije lo que buscaba. Él sonrío y me dijo que no era extraño que nosotros perdamos muchas cosas, muchos escritos, pero que siempre había el modo de recuperar lo perdido.

El tema fue un pretexto para que me diga cuán ligado estaba a su padre, cuánto lo quería y que le gustaba que haya amigos que sepan reconocer a quienes, como Carlos Hugo,  le dieron tanto a este país. Hablamos algo de la vida de su padre en México, de nuestra vieja amistad iniciada en el Distrito Federal.

La charla también fue pretexto para hablar de su madre, de ésa que, junto a muchos cambas, fueron alumnos míos cuando me atreví, gracias a muchos cruceños, a introducir El Capital de Marx en Santa Cruz. Eran otros tiempos, llenos de sueños. A  los dos días de esa charla, me mandó lo que yo buscaba.

Hace un par de años, en una de las tantas visitas que hice a Santa Cruz  con mi Martha, pude reunirme con Carlos Hugo, Roberto Barbery y Alfonso García. Tuvimos una charla entretenida, llena de ideas de futuro expresadas por Carlos Hugo, pero matizada por el escepticismo sobre todas las cosas de Roberto; hoy con las malas noticias  también me doy cuenta que Roberto tiene la razón cuando no mira todo claro hacia adelante. Pero, el cierre de la charla fue el mejor, pues Sebastián  se sumó a nuestro grupo y pudimos divagar   juntando dos generaciones, o conmigo casi tres. Chico lindo de verdad, lleno de proyectos, lleno de actividades y de sueños, de utopías, que en lo fundamental no eran distintas a las nuestras, pues en las tres generaciones había un ansia de libertad y de ganar el derecho de soñar.

Ahora que se fue me doy cuenta que no siempre se puede recuperar lo perdido, pues con su partida se fueron muchas alegrías, muchos sueños, muchos proyectos. Ya sé que deja mucho, poesía, ideales, pero es más grande el vacío que deja a sus padres. No hay cosa más atroz que sean ellos que se vayan primero, cuando lo normal es que nosotros deberíamos iniciar la retirada.

Tuve miedo de escribir a Carlos  Hugo, qué puede decir uno en estas circunstancias, cuando uno está de rabia porque la vida juegue estas malas pasadas y peor que lo haga con quien queremos tanto, y que ahora debe sufrir por partida doble. No hay derecho, me rebelo a resignarme, tengo furia, quisiera gritar por qué la vida haga esas malas jugadas.

Sí Sebastián, hace muchos años, más de tres décadas, porque con certeza tú todavía no existías, en México, con toda mi familia, desde las ventanas de nuestro departamento oíamos la nostalgia de la música boliviana, la escuchábamos a los sones de una armónica, tocada cadenciosamente. Música camba, de ésa que solía cantar Gladys Moreno, música colla, de ésa que con sus quenas convoca a la nostalgia y que hoy me convoca al dolor.

No sabíamos quién era el intérprete, pero lo averiguamos, era un joven —también nosotros lo éramos—, era un abogado, de ésos que se fue a la UNAM para estudiar posgrado, para formarse mejor, para no sólo mirar la provincia, ni quedar anclado en una mirada sólo boliviana del mundo. Eran los tiempos en que Zavaleta estaba con nosotros en la UNAM, donde también estaba Llobet, desde entonces tan loco e histriónico como siempre, Fernando Arauco y muchos bolivianos. Unos, nosotros, los mayores, dábamos clases en esa universidad y, otros, las nuevas generaciones, como tu padre, eran los estudiantes.

 Al conocer a ese abogado camba, que compartía vivienda con Neco Aguilera, también descubrimos que tocaba boleros y que no sólo era la  alegría lo que lo convocaba a usar su armónica. Pero ante todo, descubrimos que tenía sueños: sueños de ayudar a construir un país democrático, más integrado, más pluricultural, que mezcle Gladys Moreno con Savia Andina y que ese país sea el que ustedes, Sebastián, puedan habitar.

Ya pasados muchos años, cuando me tocó volver al país, ese camba me introdujo en Santa Cruz, me abrió los corazones de Fernando Prado, de Óscar Zambrano, de Susana Seleme, de Roberto Barbery, Quique Landívar y de muchos otros. Me facilitó el reencuentro con Topeca Moreno y toda su familia, así como con el camba Cabrera.

Pero, ante todo, me abrió los ojos a una idea: este país debe descentralizarse, pero, ante todo, precisa democratizarse, requiere dejar de ser un país donde hayan señores feudales, de oriente y de occidente.

Esos también han sido tus sueños Sebastián y, tú más que todos nosotros, tenías la fuerza para empujarlos. Por eso tu partida nos llena de tristeza, por ti, por tu padre, por tu madre y por los sueños que dejaste en el tintero.
 
Carlos Toranzo Roca es economista y analista.

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