La sociedad del cansancio

Marcelo Arequipa Azurduy
lunes, 2 de febrero de 2015 · 20:21
¿En qué se parece el escándalo de Yarita Lizeth cantando en nuestro teleférico, la victoria de Nosiglia, la inauguración de la  Alasita  (con el evento piromaníaco de por medio) y la inauguración de un nuevo periodo de gobierno? Casi me olvido, para los que están en La Paz añado el tema del MegaCenter. Aparentemente en nada; sin embargo, creo que les une un común que los cientistas sociales solemos llamar coyuntura.
En contrapartida a lo dicho, mientras más nos introducimos en el debate más nos olvidamos, a menudo, de reflexionar acerca de lo que nos rodea como sociedad. Dejamos de pensar en los males que nos acechan, como los males biológicos o psicológicos.
Afortunadamente, aún quedan filósofos que se ocupan de estos temas generales, aparte de ese gran mundo de especialistas que hay acechando por todo lado. La interpretación que se le da a este momento es que vivimos acosados de enfermedades neuronales, como la depresión, la hiperactividad, trastornos en la personalidad y otra cosa nueva llamada síndrome de desgaste ocupacional.
Estas enfermedades son la base para la explicación de que nos encontramos bajo una sociedad del cansancio -según Byung-Chul Han- (me ocuparé en esta oportunidad de una de sus tres más significativas obras, en siguientes columnas abordaré las otras).
Estamos tan cansados -porque se nos ha metido en la cabeza el chip de la eficiencia y de la apariencia de una nueva revolución- que bajo el tono de lo tecnológico se nos ha liberado para dejar de ser una sociedad disciplinaria y convertirnos en una sociedad del rendimiento.
Ya no hay barreras para el conocimiento del hombre. Sentimos que desde la comodidad de nuestras pantallas podemos conocer y controlar todo; haciéndonos, de esta forma, seres más especiales. Entonces, el único límite es cuánto podemos llevar y responder las cosas del trabajo con estos nuevos aparatos, que el intelecto humano desarrolló para hacernos la vida más cómoda y productiva.
Aristóteles decía que el hombre es un animal político por excelencia, pero en estos tiempos, en los que mientras más acumulas algo eres más importante, nos convertimos en esto que Byung-Chul llama animal laborans, alguien que se explota a sí mismo, voluntariamente, sin necesidad de coacción alguna, so pretexto nuevamente del famoso rendimiento;  ergo: nos explotamos a nosotros mismos y encima somos felices!
Ya no importan las políticas nocivas que tu Estado o la empresa en la que trabajas quiera imponer a los trabajadores, ya nada de eso importa porque estamos tan hambrientos de competir dentro de esta sociedad del rendimiento que nos da igual el tipo de contrato y las cláusulas que contiene.
La ideología -como la conocimos alguna vez- no existe, todo es un mero decorado que, al calor de estrellas y barras o banderas rojas, queda supeditado a esto, que es un verdadero triunfo del capitalismo como nadie lo habría soñado.
Y por si alguien piensa que la búsqueda de rendimiento nos legó  como uno de sus más grandes productos el llamado multitasking, está equivocado -dice este filósofo de origen sudcoreano-, puesto que cualquier animal salvaje ya realizó mucho antes este ejercicio. Esto, entonces, significa más bien una regresión de uno mismo.
Me explico a la manera del filósofo: un animal salvaje cuando se alimenta debe estar alerta por si sus enemigos acechan, por si sus crías están bien o están siendo atacadas por otra fiera superior e, incluso, debe vigilar, al mismo tiempo, a su o sus parejas sexuales.
Por tanto, tenemos la idea de que mientras más podamos abarcar seremos mejores y dejamos de lado la mirada profunda y enfocada en algo en concreto. ¿O no les pasa que mientras controla sus redes sociales, ve tele o escucha radio, está alerta de que el jefe no aparezca y responde a los llamados telefónicos?
Todo esto genera, al final, un ser humano que termina el día aturdido, hiperactivo, sumamente cansado pero feliz, porque -según él- ha logrado hacer muchas cosas en el día, aunque no sepa el trasfondo de cada cosa. Pero, al final de cuentas, qué más da si estoy demostrando que tengo buen rendimiento. Si mis redes sociales están controladas, tengo controlados a mis enemigos, a mi pareja sexual, tengo a mi jefe contento y, además, me entero de la última noticia para opinar algo durante el almuerzo familiar de domingo que se viene.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

150
94

Comentarios

Otras Noticias