La escaramuza

Carta de un marxista a un indigenista boliviano

martes, 26 de enero de 2016 · 00:00
Estimado amigo: Todos hemos observado con cierta incredulidad y sorpresa la parafernalia ancestral que acompaña simbólicamente los actos de poder del presidente Evo Morales. De hecho, la necesidad de instalar en la subjetividad social elementos provenientes de la mitología andina ha propiciado una ceremonia matrimonial del más alto nivel a los pies del templete Tiwanakota de Kalasasaya.

También sabemos que la marea ancestral proviene de una lógica en apariencia apropiada, según la cual, dado que el capitalismo resultó desastroso y que el socialismo real periclitó mucho antes de lo esperado, la vía en que las naciones sometidas por el gran capital imperial podían romper las cadenas de la dependencia colonial se encontraba en las formas de organización social, económica y productiva, previas al advenimiento de la conquista y el proceso colonial que le siguió.

De esta forma, la sociedad precolombina es presentada como un dechado de virtudes, cosa que, por cierto, está lejísimos de la verdad. De cualquier forma, la apelación al pasado incaico, en pleno siglo XXI, conllevaba una dificultad de forma y de fondo: el capitalismo planetario y victorioso.

La disyuntiva, entonces, se planteaba en términos muy claros. ¿Cómo se puede ser ancestral en el siglo XXI? De hecho, una simbiosis de ambos es imposible en la medida en que es imposible concebir un liderazgo teocrático y autoritario, como el del Inca, en una sociedad capitalista definida por los principios de libertad e igualdad jurídica de los sujetos. Son por naturaleza antiéticos.

La ecuación se resolvió a través de un artificio ideológico. Si no se podía reeditar el incario y no se aceptaba el capitalismo, ante el socialismo fracasado quedaba una opción posible: el "socialismo comunitario”.

En otras latitudes, donde el componente étnico no tenía la fuerza suficiente como para estructurar un imaginario ancestral, se optó por hablar de una confusa categoría denominada "socialismo siglo XXI”. Esta era, en opinión de sus promotores, la nueva fuerza de la historia; sin embargo, la denominación no corresponde al sentido marxista del término.

Para Marx, tanto como para Hegel, la historia era el despliegue de la razón y de todas las fuerzas liberadoras del hombre. El socialismo proclamaba sin tapujos, para espanto de las elites y la curia romana, que sólo el socialismo rompería las cadenas con las que la ideología esclavista, primero, medieval, luego, y finalmente burguesa había sojuzgado a los hombres, los había encadenado a los mitos, a las tradiciones, a las divinidades, a los dioses castigadores que demandaban de ellos obediencia ciega. Ese era "el opio de los pueblos”.

Este rechazo tajante a las rémoras de la tradición, transformadas en mecanismos ideológicos de dominación,  constituye el epicentro de toda la estructura conceptual y política del marxismo y está, en consecuencia, en la base argumentativa del socialismo. Por ello, cuando el "socialismo comunitario” apela a la ancestral tradición de los pueblos, no hace más que repetir el mismo artilugio de la burguesía; le cambia el nombre a los mismos dispositivos de dominación y sometimiento.

Antes era el Dios de los católicos y el capital de los ricos, ahora es la Pachamama y el capital de los nuevos ricos. Empero, aquella superación de la entidad humana, aquel desplazamiento de la razón hacia un Estado superior de la sociedad y de los hombres, no aparece por ninguna parte.

Se nos dice que la verdadera naturaleza de la sociedad boliviana radica en su legado ancestral, la Bolivia de verdad es la "Bolivia profunda”. Resulta, dilecto amigo, que la verdad desde la perspectiva marxista se verifica "por lo bien que (un proyecto revolucionario) se ajusta al desarrollo de la historia”, lo que significa que es efectivamente cierto aquello que contribuye de forma objetiva a la superación de los hombres y con ellos a la superación de la sociedad en su conjunto.

Ahora bien, desde la Revolución Francesa la verdad del capitalismo se ha revelado como el desarrollo sostenido de las condiciones objetivas de vida de grandes proporciones de la población mundial.  Se han impuesto los derechos humanos y se tiende a la convivencia en el marco del respeto a los derechos civiles de cada ciudadano. Sin duda, el capitalismo está lleno de terribles contradicciones, injusticias y deslices de todo tipo, pero el curso de la historia y el desarrollo de la razón -que es lo que le interesa al marxismo- siguen, desde 1789, un desarrollo inquebrantable.

En síntesis, es "verdad” lo que es capaz de superar un estadio previo y elevarse a otro superior, y es falso lo que pretende atarlo al pasado, limitando sus capacidades de liberación. Salta a la vista, desde este argumento, que tal como van las cosas, usted permanece en la categoría de los conservadores y yo continúo en la de los revolucionarios.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

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