¿Del poder por amor, al amor por el poder?

sábado, 9 de enero de 2016 · 00:00
San Pablo decía que teníamos tres enemigos: la libido sentiendi, la libido congnoscienti y la libido dominante.

Son las tres grandes concupiscencias a partir de las cuales se dan los demás pecados que mantienen y se perpetuan en la vida humana”. De manera más explícita diríamos: la concupiscencia de los sentidos (comer y sexo), del conocimiento (querer saber más, la curiosidad, inventar cosas) y del deseo de poder (querer mandar, dominar e imponerse a los demás).

 "¿Acaso hay algo más misterioso que el poder, esa facultad que tiene el ser humano o un pequeño grupo de seres humanos de plegar a la mayoría a una ley que le es propia y no es la ley?”

 F. C. Criales T. en su escrito, El maquiavelismo en el Estado Plurinacional, haciendo referencia a El Príncipe, de Maquiavelo, establece que para ejercer el poder y mantenerse en el mismo se necesita de la estrategia, de la perspicacia y de la astucia. Que el poder que se conquista por medio de la política es ejercido por el príncipe como gobernante, como conquistador y como dueño del poder, y como la encarnación del Estado está exento de toda norma moral, ética y religiosa. En otras palabras, El Príncipe se encarna en el Estado, es el fin último de éste y, por lo tanto, es independiente de cualquier sanción moral o ética, ya que su figura se sitúa por encima de éstos de forma absoluta.

 La confirmación fáctica de lo expresado por Criales ¿es la declaración pública en una entrega de obras?: "Aunque el Tribunal Supremo Electoral me castigue, no importa”. Dicho acto político vulnera el artículo 40 del reglamento de campaña electoral, que dice que "ningún servidor o servidora público(a) podrá realizar campaña o propaganda electoral en actos de gestión pública o utilizando recursos públicos”. ¿Esta acción política que vulnera la normativa y la institucionalidad electoral  nos permite inferir que la política gubernamental se base en el principio maquiavélico: el fin justifica los medios?

 ¿Confundir el amor a una idea, a una causa o a una doctrina con el deseo de poder? ¿Buscar el amor a la gloria como participación personal? ¿Destruir "espiritualmente” al hombre de carne y hueso que no habla su lengua? ¿Descender al terreno de la injusticia inútil del despojo político mezquino? ¿Continuar implantando una "democracia a la defensiva”, condicionar según requisitos de pertenencia a una nación, a un colectivo gremial o a un instrumento ideológico? ¿Es la nueva vieja política del poder por el poder?

 Las respuestas a las interrogantes planteadas demandan una conciencia patriótica sobre la base del aprecio por la política reflexiva, que  propague, irradie y detone la "política de urgencia activa con ciudadanía democrática -lucha por la titularidad de los derechos y deberes políticos desligados de rasgos identitarios de clase, sexo, raza, religión o ideología, etcétera, en el marco de la ley constitucional del Estado de Derecho-”.

"Desgraciado el pueblo que ha perdido su honor, que no resarce las afrentas que se le hacen y las olvida tan pronto como desaparece, pues está irremediablemente condenado a la disolución y a la muerte del espíritu, que es la esclavitud”.

 La arenga en la coyuntura política electoral nos obliga a no caer en la teatralidad del poder de manera ingenua (ignorancia con amor). Nos fuerza, como ciudadanos, a convertirnos en los dueños del espectáculo como intérpretes de la realidad histórica y nos manda a buscar  una democracia real, a sabiendas que el poder es un medio y no un fin.

El poder está en nuestra elección, en nuestro voto y en nuestras manos.
 
Óscar  A. Heredia Vargas es docente emérito de la Universidad Mayor de San Andrés.

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