La escaramuza

Colombia, una paz vergonzosa

martes, 11 de octubre de 2016 · 00:00
Cerca  de 5,7 millones de víctimas en calidad  de desplazados forzados, 220.000 muertos (casi un cuarto de millón) más de 25.000 desaparecidos y casi 30.000 secuestrados y extorsionados.
 
Esos son los números que el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) de Colombia le ha puesto a una guerra de más de medio siglo que empezó como un brote revolucionario en pos del hombre nuevo y terminó como un genocidio vinculado a los sectores delincuenciales más funestos de la historia del vecino país.

Si uno medita sobre estas cifras (que para muchos son conservadoras), el rechazo de la mitad del pueblo colombiano a un convenio de paz parece más una cuestión de racionalidad civilizada que un enjambre de variables de todo orden. Suponer que los autores materiales e intelectuales de semejante masacre, manchada de episodios que compiten con los momentos más oscuros de la historia universal, salgan indemnes y hasta premiados, más allá de cualquier juicio político o ideológico, es un insulto a la razón humana.

El gobierno de Santos autorizaba -según lo pactado- que a sólo reconocimiento de culpa, los criminales quedaban exentos de toda pena, se transformaban en senadores y diputados, se les pagaba una mensualidad mayor al promedio de colombianos honestos que vivieron toda su vida sin cegar vidas, ni destruir destinos, se les entregaba medios de comunicación, y si por ahí alguno se animaba a emprender un negocio, se le facilitaba el capital para emprenderlo. Para gozar de estos privilegios sólo tenías que haber sido parte del peor genocidio conocido en nuestro continente en lo que va de su existencia. ¿Tiene esto algún viso de racionalidad civilizada?

El Gobierno sostiene que la paz tiene un precio y es cierto, pero ese precio no puede cargarse a la cuenta de los que sufrieron extorción, tortura, vejámenes o muerte. No puede pactarse una paz duradera con un grupo delincuencial cuyos vínculos con el narcotráfico fueron repetidas veces denunciados. La paz no puede construirse premiando a los criminales, esto es una cuestión de mera racionalidad, peor aún si (para muchos analistas) se pacta cuando la guerrilla está al borde de ser militarmente vencida.

Es obvio que todos los latinoamericanos deseamos el fin de semejante locura, pero por ventajosa y benigna que ésta sea, no puede transformarse en un acto de escarnio universal. Si la lógica fuera ésta, todos los criminales del mundo tendrán derecho a dejar las armas y ser considerados ciudadanos de primera con derechos y beneficios extra. Hay que lograr la paz en Colombia, pero hay que juzgar a los criminales que la ejecutaron, porque si no se procede así, la victoria será definitivamente para el lado más oscuro de la sociedad colombiana y habrá perdido un pueblo jalonado por la violencia y el sufrimiento.

 Aquí no puede haber un borrón y cuenta nueva. Los culpables deben ser procesados, condenados y deben pagar sus delitos en la medida en que ese experimento guerrillero hace mucho que dejó de ser un acto ideológico para ser, simple y llanamente, un genocidio delincuencial, contrario a todos y cada uno de los principios morales de la izquierda revolucionaria latinoamericana, cuyo fin último, vale la pena recordarlo, era construir una vida mejor, y no cegarla de forma en que lo hicieron.


Renzo Abruzzese es sociólogo.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos https://www.paginasiete.bo/contacto/

120
8

Otras Noticias