Sobre María Galindo

sábado, 22 de octubre de 2016 · 00:00
Aquel aciago miércoles leí el periódico virtual y, como en otras oportunidades, copié el artículo en el que ella explicaba la génesis, praxis y contenido de un mural en las paredes del Museo Nacional de Arte de la calle Comercio en La Paz, diciendo interiormente "Ay mujer…”. Serían tal vez una o dos horas, cuando, fijándome en la generación de noticias recientes del periódico, me enteré de la intolerante y cobarde agresión... expresé en una página social mi profundo desagrado por lo ocurrido en la justificación religiosa de tal acto.

Nací en una familia católica, con misa diaria a las 5:00 de la mañana de la mano de mi mamá. Estuve en colegio católico con misas obligatorias lunes, miércoles, viernes y domingo. Era monaguillo y me tocó vivir el Concilio Vaticano II allá, a finales de los años 60, tomando con la Iglesia la opción por los pobres, que durante mi vida me convirtió en el jamón del "sándwich social”.

Mi grupo barrial-familiar-social, con la complicidad de mi mamá, me embadurnó con la idea patriarcal del que monta manda, la ley del "Monman”. Doy gracias a Dios de haber recibido, a través del estudio de la Biblia, el convencimiento de que no hay peor pensamiento que ese y que en la realidad es hegemónico no sólo en el pensamiento, sino en la obra. 

Descubrir aquello no hizo que deje de comportarme, en muchos momentos esenciales de la vida, como el macho. Descubrir aquello hizo que fuese evitando ese comportamiento, pero lo que se recibe y forja en el fuego de la familia patriarcal es bien duro de modificar, pero no imposible, aunque se caiga en las profundidades más abyectas de la conducta ante la mujer, sea abuela, madre, tía, hermana, novia, esposa, hija, amiga, amante, empleada.

María Galindo para mí fue una revelación desde que leí sus artículos. Antes ya había escuchado en la rueda de amigos y familia su nombre y comentarios negativos de sus graffitis que estaban por la ciudad. Su imagen -tan distante- de un "ser femenino formal” evidentemente me causa incomodidad, pero es en sus artículos, donde se revela aguda y muy perspicaz, donde expone su ser con toda claridad: insolencia, irreverencia y subversión, características propias del convencimiento de estar en la verdad.

Nunca hablé de la admiración que siento por ella. No importan sus artículos en contra de mis mayores creencias, no son mis verdades, sino las suyas. Ella se sitúa en el lugar difícil porque está quebrando la teoría sistémica -explicada por Emile Durkheim, Max Weber, Talcot Parsons, Stuart Mills, por nombrar algunos sociólogos- "hacia el equilibrio” tan arraigado en nosotros. No deseo "clasificarla”, pero encuentro más parecidos de ella con el pensamiento y las actitudes de Kant, Nietzsche, Sartre… reflexionando ¿qué hubiese sido de nosotros, los católicos, si no hubiese existido Martín Lutero? Denostado en su momento, pero responsable de que podamos actualmente tener acceso a los libros sagrados en nuestros idiomas.

María Galindo quiere "el quiebre” de esa actitud patriarcal que tenemos y el reconocimiento del ser femenino pleno, en forma incondicional, con todo su derecho y no como una graciosa y caballerosa dádiva. Su lucha es frontal, su insurgencia lastima porque golpea donde más nos duele a los patriarcales, en el recóndito y profundo reconocimiento de que tiene razón. Por eso, con ayuda femenina (el peor enemigo de la mujer es otra mujer) nos es fácil denostarla, "menospreciarla”, insultarla, cuando deberíamos romper nuestra estructura mental, que la demostramos en actitudes tan variopintas, que van desde mojarlas en los días de Carnaval, acosarlas en todas las actividades, hasta susurrar que a ellas, en el matrimonio, les gusta que el hombre sea bien macho, no "un Pocholo” y a veces se la golpee, justificados por una distorsionada, falsa y malintencionada aplicación de la doctrina de Jesús.

Allá, cuando pase el tiempo, espero de ella la misma póstuma frase de Voltaire: "…Venciste Nazareno…”, porque es cierto que no me gusta su aspecto, sus exabruptos, su despiadado ataque a mi creencia religiosa, pero los respeto porque son sus verdades, sus opciones y ellas no me impiden reconocer que está haciendo lo que mejor considera para quebrar un orden establecido de tipo patriarcal abusivo.  

Hugo Mario de la Quintana es  miembro del Tribunal Nacional de Ética del Colegio Médico.

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