Conversión

miércoles, 16 de noviembre de 2016 · 00:00
¿Qué mal le puede hacer el cambio climático a una ciudad como La Paz? Me pregunté y me respondí en el acto: ninguno; es más, sólo puede ser una buena noticia: ¡Si suben las temperaturas, tierras frías como el de estas alturas podrían ganar un par de grados! Entonces saldría liviana de ropas por mi ciudad y no con mi enredado look cebolla, tan peleado con mi idea de garbo. Con esa idea me pasaba los días encharcando a la bartola mi pedazo de jardín, calentándome a combustión de leña en los días fríos y usando un motor para llegar a la esquina.
 
Eso en cuanto a mi contribución directa hacia el abuso de los recursos naturales finitos y daño al medio ambiente.

 Mi relación con la elite del activismo medioambiental local venía de los años universitarios. En nuestras reuniones de pasanaku lo usual era hablar sobre las novedades y torpezas lanzadas desde todos los frentes políticos y los traspiés de algunos periodistas en la resbaladiza cancha laboral de hoy, pero poco o nada sobre las derivaciones del calentamiento global y el impacto sobre nuestras vidas. Los ardientes hechos políticos hacen aguas con temas tan indigestos y tan sospechados como el cambio climático también en las tribunas más informales. 

 Hasta ahí mi historia de inconversa. Y llegó el día, o mejor dicho: llegaron dos. Hace algunas semanas me tocó visitar Cochabamba y Tarija. Llegué a Cochabamba después de ocho años y lo que vi en esos días fue esto: una fina capa de tierra perceptible desde el aire, luego, ya en sus calles, los árboles con las raíces deformadas por su búsqueda de eventual humedad en la superficie y sus copas tristes, opacas, y sin el verdor fresco; mi paso por el Palacio Portales y su parque terminó en reclamos por el mal cuidado de sus jardines. Al final, cuando los empleados me explicaron la situación de carencia de agua en ese centro –sí, efectos hasta en el turístico Palacio Portales–, ya no tuve más cara para la queja. Quedé avergonzada.

 Pero el problema del agua en Cochabamba no termina en sus jardines, en realidad es la parte, digamos así, más superficial. La carencia de recursos hídricos en una ciudad que ya no cuenta con fuentes naturales para atender una demanda en ascenso tiene su lado menos visible –y más terrible– en aspectos tan cotidianos, como la higiene personal  y doméstica. 

 Si en Santa Cruz lo normal es tomarse dos baños, en Cochabamba es un lujo darse una ducha cuando se quiere o necesita. Lo usual es "cuando se puede”. Lo mismo pasa con temas de trastienda, como el lavado diario de los platos o la ropa. Una cadena de muchos etcéteras en la que las necesidades más elementales de los barrios jóvenes y pobres, a los que el agua llega en bidones una vez por semana, se convierte en el capítulo más crítico y doliente. 

 Del mal de agua no se salva nadie en Cochabamba, ni siquiera los vistosos tanques de agua son liberadores del problema. Me contaron que los conflictos vecinales llueven –¿suena a ironía?– a cántaros. Uno de esos lo provoca el sistema de agua subterránea que tradicionalmente fue uno de los grandes consuelos hídricos de esa ciudad. A la ineficiencia de las redes de distribución, con su alto porcentaje de fugas de agua corriendo dentro y encima de la tierra (pérdidas que en La Paz y El Alto llegaban al 40% del agua potable el 2012 a causa del mal estado de sus cañerías), se unen la inexistencia de nuevas fuentes y el retardo de proyectos salvadores, como el de Misicuni. 

 A raíz del crecimiento demográfico y económico, las edificaciones se han multiplicado con la consecuencia de que los pozos de abastecimiento unitario o son violados por los recién llegados, o son perforados por la ampliación del sistema de alcantarillado. No necesito entrar en detalles para dar una idea de cuál es la calidad del agua que puede llegar a las mesas. 

 Ah… lo dije. También visité Tarija. Mi paso me recordó a la Cochabamba de hace ocho años, cuando el problema del agua era ya recurso trillado de conversación, y me obligó a formular una pregunta egoísta, muy propia de estos tiempos: Al ritmo que vamos, ¿cómo estará La Paz en 20? Ahora que los discursos medioambientalistas se han aplacado por estos lares, ahora que la COP22 de Marrakech de estos días suena tan distante, me declaro conversa por cuenta propia y en tierra propia. Ver para creer. Sufrir para temer. Por cierto, racionamiento rima con argumento.
 
Primeras acciones post en mi evolución: tener el ojo clavado sobre la llave de paso y colgar las llaves del auto. ¿Alguien más se anima?


Teresa Torres-Heuchel es periodista y editora. Publica en www.niemandsland.net.bo en español y alemán.

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