Agua para todos no hay ni habrá

sábado, 19 de noviembre de 2016 · 00:00
Los paceños afligidos por la escasez de agua ansían la vuelta a aquella acostumbrada normalidad, cuando el grifo era fuente segura y el derroche no era pecado. Todo suplicio se hace más sufrible cuando sabemos que terminará, pero, ¿cómo se sentirían ellos si supiesen que la de hoy será la nueva normalidad? 

No lo es, todavía. Pero si continúan el crecimiento acelerado de la ciudad, la ausencia de planificación urbana y de manejo del agua y la irresponsabilidad general en su uso -cosas todas muy probables- estos episodios tenderán a repetirse con cada vez más frecuencia, y es posible que para nuestros nietos llegue a ser lo normal. 

Los ciudadanos, tomados la mayoría por sorpresa, han sufrido varios grados de aprieto y cambios indeseados de rutinas. Estos contratiempos han causado diversas reacciones, desde la protesta airada hasta la imaginación en el ahorro, el agibílibus y la solidaridad; unos se han lucido en idear formas de ahorrar y compartir, otros en providenciarse lo conveniente a costa del bien común. 

Habremos perdido una valiosa oportunidad si no usamos este episodio para crear conciencia en nuestros hijos del valor del agua, la importancia de conservarla y los muchos modos de hacerlo a diario; su felicidad futura y la de sus hijos dependen de ello. 

El cómo hemos llegado a esta situación y la identificación de los culpables han sido motivo de declaraciones oportunistas de políticos y opinadores. Han rodado cabezas, en el usual rito expiatorio. Sin embargo, al margen de la culpa que hayan tenido los funcionarios despedidos, una cosa no hay que olvidar, todos somos en algo responsables de que estemos dónde estamos. 

Desde que el grifo es grifo, casi todos hacen uso de él como si fuese una llave de libre acceso a una fuente inagotable, alimentada vaya uno saber por quién, y a cuyo uso ilimitado creemos tener derecho porque pagamos una cuenta. Lo que la mayoría olvida es que esa cuenta paga el derecho al uso necesario, pero no da derecho al derroche; no a ese precio por litro. Fue una victoria insulsa la de la Guerra del Agua si estamos donde estamos.

Nada como la necesidad individual opuesta al bien colectivo para poner en evidencia la calidad de la textura social de una sociedad. El derroche de los escasos bienes comunes en lugar de ser visto aquí como un delito social, es más bien una costumbre general. No hay en ello maldad, sino inconciencia endémica; una enfermedad que se cura con un poco de sangre y mucha educación. 

Cuando se habla de valores -toda empresa que se respete los tiene- no conozco una que incluya entre ellos la austeridad. No hablo de la austeridad como disciplina impuesta por la necesidad, sino como valor de quien es austero sin necesitarlo, porque es noble ser austero. Tan ajena es esta idea en nuestros códigos, que muchos lectores habrán levantado las cejas.

Estos episodios de escasez angustiosa son reveladores de los vericuetos del alma humana, que ante la necesidad extrema muestra ángulos invisibles en bonanza. Esto va desde los dilemas éticos de quién decide en la soledad de la ducha si alarga su placer o deja más agua para los vecinos desconocidos, hasta la terrible constatación de que habíamos estado rodeados de idiotas que se niegan a hacer lo que hay que hacer y que, encima, ¡creen que los idiotas somos nosotros! 

Griegos y romanos no tenían un dios de la lluvia; pero en el Sur tenemos a Kasogonaga, la diosa chaqueña de la lluvia y el rayo, a quien está dedicado este texto en la esperanza de que se apiade de nosotros y nos mande la lluvia que tanto añoramos. Cuando nuevamente oigamos el agua cantar, es ella que se ríe de que nos creamos civilizados cuando no sabemos ni manejar el agua. 

Jorge Patiño Sarcinelli es escritor.

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