Cumbres y costumbres secas: el mal uso del agua

sábado, 26 de noviembre de 2016 · 00:00
Generalmente  es en las escuelas donde la educación ambiental llega por primera vez a nuestras vidas, donde se intenta crear conciencia de la importancia de los recursos naturales (entre ellos el agua) y de su esencial valor para la vida. Lastimosamente, esto no pasa de unas cuantas frases prefabricadas que sirven para crear rimas y canciones, pero en la realidad carecen de aplicación.  Desde nuestras autoridades sucede lo mismo. Frases, como "gota a gota el agua se agota”, se las repite y cuelga en carteles por toda la ciudad que no terminan siendo sino una mala decoración que nadie internaliza. 

Basta con ver la topografía de La Paz para darse cuenta de  que la ciudad sólo cuenta con dos fuentes para abastecerse de agua: una viene del deshielo de los nevados y la otra es el agua de lluvia; ambas requieren llegar hasta las represas para que luego puedan ser distribuidas a la población.  Ahora bien, si subimos a la ciudad de El Alto, donde contamos con una visión más precisa de la Cordillera Real, podemos apreciar el acelerado ritmo del deshielo que sufren nuestros glaciares subtropicales. El manto blanco de nuestro Illimani parece carcomido por polillas, dejando ver la cruda montaña por sus agujeros. Las demás montañas sufren la misma condición. El nivel acelerado de deshielo produce un daño irreparable al ecosistema, ya que difícilmente -si no imposible- volverán a acumular el mismo nivel de nieve. 

Por otro lado, la sequía que enfrenta la ciudad agudiza el problema, ya que ni nieva en las montañas, ni llueve en la ciudad  ni se llenan las represas, lo que por efecto ocasiona escasez de agua. El problema de las prehistóricas tuberías que recorren la ciudad no es un problema nuevo;, hubo reportes de años atrás que daban a conocer las malas condiciones y el desperdicio de agua que provocan estas viejas instalaciones, además que las dejaron abandonadas con un mínimo de mantenimiento, lo cual empeoró el despilfarro de agua.

 No existe una sola planta de tratamiento de agua en la ciudad. Las aguas servidas acaban siendo canalizadas al Choqueyapu y siguen su curso hasta llegar a nuestros ríos en la Amazonia.
 
Ahora, también debemos poner ojo crítico a las costumbres que tenemos como paceños: lavar el auto con la manguera, regar el jardín y las calles sin consultar los datos del tiempo para ver si va a llover (aunque admito que esto puede ser poco confiable), tomarse duchas de 10, 15, 20 minutos o esperar a que el agua esté caliente para poder darse un baño y jugar con agua en Carnaval. 

 Y la lista continúa una y otra y otra vez, pero a  nadie parece importarle el valor del agua hasta que se enfrenta al problema directamente. Y ¿qué pasa ahora? La población busca radicalmente soluciones; el Gobierno despide a tanta gente, que hace pensar que todos tenían la culpa hasta el propio Gobierno por no fiscalizar; las quejas, las protestas, los insultos se escuchan en todas las calles y abundan en las redes sociales... ¿cuál es la solución? pues la solución para un problema ambiental nunca es fácil en términos de ingeniería y de distribución, aunque la mejor solución para los paceños sería una sola:  la conciencia de que el agua en La Paz es un recurso  no renovable, porque depende del deshielo y la lluvia, y mientras no haya esos factores el agua no existe. 

Conciencia de que el agua, además de ser una sustancia esencial para la vida, es un elemento de uso diario y debe ser cuidada, conciencia de que sin agua, hasta las tareas más básicas de la vida se tornan imposibles de desarrollar, conciencia de que "no se aprecia el valor del agua, hasta que se acaba el pozo” (proverbio inglés). 

Pero así somos y ojalá cambiemos, porque sólo falta que nos digan que la solución es destruir otro ecosistema, como El Bala en el Madidi, para transportar agua por otras tuberías (que se tornarán igualmente defectuosas sin mantenimiento), para gastar energía en el transporte de miles de kilómetros, para que despilfarremos el agua una vez más en Carnaval, para gozar de una solución temporal y digamos: ¿Ve? ¡No pasa nada!

André L. Tejerina Queiroz es abogado, magíster en derecho ambiental.

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