Noche de Paz (y pesadillas)

lunes, 19 de diciembre de 2016 · 00:00
La fecha en que enloquecemos y acabamos sin un peso y con un par de kilos de más está llegando.  Es, por supuesto, la Navidad.  La palabra misma tiene ecos de campanas y villancicos; viene con luces y reflejos; trae aromas de galletas y panetones y promete el sabor intenso de lo mejor que puede preparar cada familia, sea picana, pollo, pavo o ají de fideo.  

 La Navidad huele a velas y Nochebuena, sabe a emociones antiguas y resuena con recuerdos.  Todos los sentidos se agudizan, menos el buen criterio, porque, reconozcámoslo, la Navidad es medio cursi: las luces, los arbolitos plásticos, los nacimientos de yeso, el camello deforme, la oveja del tamaño de la vaca y los Reyes Magos se mezclan en alegre jolgorio con ángeles, renos, gnomos y papanoeles vestidos de rojo incendio.  Es la fiesta del antojo, de compartir, del vino (bueno, excelente o maluco) y de reunirse en familia. 

 Sin embargo, la Navidad tiene su dosis de pesadilla.  Las compras sobrepasan el presupuesto familiar; los aguinaldos no alcanzan a cubrir los gastos,  y la ausencia de quienes están lejos o fallecieron, se agudiza en forma cortante y dolorosa.  Peor aún, las desigualdades entre quienes tienen, los que tienen poco y  los que no tienen nada, se hacen más visibles y más crueles. 

 El niño que recibe una docena de juguetes puede esperar la Nochebuena con la ilusión del Papá Noel a quien ha mandado una esperanzada cartita; el niño que tiene que hacer cola de horas para recibir un regalo cualquiera, sabe bien que ese barbudo gordito de pijama roja no irá a su casa, ni por asomo.  Desde sus primeros añitos, ese niño sabe que aunque existiera un señor con trineo y bolsa rebosante, a él no le traerá nada.  Ya en la misa navideña se puede saber, con sólo mirar a los que asisten a la iglesia, si la fecha será hermosa o dolorosa.

 La dicotomía existe, la desigualdad es imposible de borrar… ¡si hasta nacemos con ventajas o con trabas! Existe en el mundo entero.  Y pese a la generosidad y las buenas intenciones,  sabemos que no se elimina o acaba con la desigualdad mediante nuestros regalos a los Hogares SOS o San Ramón.  No está a nuestro alcance eliminar la pobreza, la enfermedad, la opresión o el abandono que sufren millones de personas.  Por mucho que quisiéramos hacerlo, no es posible.  

 Sin embargo, hay algo que sí podemos hacer todos,  cada uno a su nivel y alcance. Podemos dar un regalo y hacerlo valioso al dárselo a una persona cualquiera, escogida con deliberación o al azar, sin esperar agradecimiento o reconocimiento, alguno.  Hacerlo simplemente porque sí.  Hablo de una sorpresa, grande o chica; de llevar a cabo un gesto inesperado para alguien que no la va a pasar tan bien.  

 No podemos curar los males del planeta (ni siquiera del país), pero sí podemos hacer, cada uno, un pequeño esfuerzo imaginativo para darle a una persona cualquiera con quien nos cruzamos, una Nochebuena mejor.  Una chalina, unos chocolates, golosinas, frazadas, galletas, guantes abrigados… todo es posible.  Si además el regalo se acompaña con un abrazo solidario, mejor aún.   

 Estoy plenamente consciente de que estoy sugiriendo meras migajas, y que me pueden tildar de tonta, sentimental o ridícula.  Lo acepto. Pero si 100 personas comparten esas migajas, sería significativo.  Si miles de personas lo hacen, sería sorprendente y notable.  No podemos cambiar este agobiado planeta, cierto, pero todo un racimo de gestos cálidos y desinteresados podría hacerlo sonreír.
 

Lupe Andrade Salmón es periodista.

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