Agua dulce o salada

viernes, 2 de diciembre de 2016 · 00:00
De mañanita, una ducha.  El agua borboteante cae por la espalda, el cabello se moja y hacemos gloriosa espuma con champú.  Viene el acondicionador, una frotada jabonosa general, y en minutos estamos listos para enfrentarnos a lo que traiga el día. Estamos despiertos, revitalizados.  Pero, si no hay agua…

La gran pregunta: ¿qué hacemos sin agua? La vida de la Tierra nació marina.  Hace incontables años, en un océano tormentoso golpeado por rayos y sacudido por seísmos, aparecieron seres unicelulares: amebas y protozoos nadando en agua salada.  Allí, en combinaciones de complejidad y diversidad la vida se fue afirmando hasta que una mutación anfibia invadió el primer continente y se desarrollaron nuevas especies. 

Del mar nacimos y reconocemos su llamado mediante una reacción más instintiva que la memoria.  Todos se sienten convocados por el murmullo de las olas y por la voz del mar que reconstruyen las caracolas.

   Esa herencia que llevamos en nuestra genética colectiva, se ve refrendada por lo salados que somos. Sí, somos salados, y hablo de los humanos.  Las lágrimas son saladas; el sudor es intensamente salado;  la sangre, por supuesto, es salada. Los fluidos que dan inicio a la vida, y los que habilitan la inteligencia, incluyendo líquidos cerebrales, son salados también.  

Pero hoy, no es la salada, ionizada y compleja agua marina lo que nos da vida: es el agua dulce, incolora y pura que apaga la sed, que es fuente y parte de los alimentos. Es lo que da cuerpo al insustituible café; la base de la sopa diaria, lo que lava la piel y la ropa.  Hablo del agua que llega al hogar y también del maravilloso medio por el cual podemos mantener nuestro entorno limpio.
El agua es la base de la modernidad: sin ella no hay energía, no hay industria, no hay minería, y por supuesto que no hay agricultura ni ganadería.  Es decir, no hay nada.  Sin agua, o con unas miserable gotas repartidas como a los nómadas del desierto, no nos quedará más que sentarnos a mirar cómo la dunas de arena avanzan sobre los que fueron pastizales y esperar la puesta del breve sol humano.

Breve en el sentido cósmico, ya que los humanos estamos en la tierra menos de una milésima de su larga existencia y sin embargo la hemos afectado en formas insólitas que no lograron ni los meteoros de eras pasadas. No hay lugar del globo terráqueo que no sufra por la acción humana.
 
 Ni el Polo Norte ni las tenebrosas oquedades de la Fosa de las Marianas han escapado los tóxicos desperdicios o el calentamiento global.  No hay cueva donde esconderse, ni vertiente que no traiga, aún desde las cumbres más altas, trazas de múltiples contaminantes. 

Y el agua, esa deliciosa licuefacción esencial, está siendo contaminada en océanos, ríos y lagos.  Los mares se calientan; desaparecen los arrecifes; se secan lagos como el Poopó y desaparecen sus peces.  Los ríos se reducen a hilos turbios y los pueblos que los bordean sufren y se encogen.  

Hemos descuidado a la esencial y maravillosa agua.  Ahora, con nueva conciencia, deberíamos tomar cada vaso con deleite; lavar la ropa como el privilegio que es y, ante todo, dejar de enturbiar esa claridad trascendente con basura y efluvios industriales que intoxican.  

Enfrentamos una crisis que si se repite, puede ser fatal.  Pero la crisis también impulsa a mirarse   las caras, a repensar valores, a tomar conciencia,  pueblo y autoridades, a utilizar el agua sin abusarla, haciendo, más bien crecer y florecer un generoso espíritu de solidaridad naciente, que tiene su propio y enorme valor.

Lupe Andrade es periodista. 

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