El último jacobino a la guillotina

jueves, 22 de diciembre de 2016 · 00:00
El vicepresidente Álvaro García Linera ha anunciado súbitamente que renuncia a la candidatura como compañero de fórmula de Evo Morales en 2019, condición que más allá de su noble gesto, es inconstitucional. Pero dejemos ese tema de lado por un momento, olvidemos que la Constitución no permite otra boleta con Evo Morales y Álvaro García Linera a la cabeza, y tampoco recordemos que esto fue ratificado por el voto popular en febrero de este año. Por ahora, sigamos la lógica de quien piensa la ley como una simple recomendación, hecha para quebrarse por la fuerza de la voluntad política. 

 En este sentido, si tomamos por cierta la afirmación del Vicepresidente, las razones para tamaña decisión pueden ser múltiples; intentemos dilucidar algunas. La primera, y la más sencilla de pensar, quizás, es imaginar esta noticia como una mera cortina de humo, tal vez como una búsqueda de incrementar la legitimidad de una figura poco carismática y carente de lo que él mismo llama mística en Evo Morales. De ser así, alguien con menos ansias de poder, y un poco más de perspectiva, debería recordarle al Vicepresidente que este año la soberbia política de poner un cargo tan importante en juego para incrementar la legitimidad ha terminado con los gobiernos del Reino Unido e Italia más recientemente. 

 Si consideramos, además, que la derrota en el plebiscito colombiano tuvo mucho que ver con la fuerza de Uribe y la poca aprobación de Santos, podemos sumar una elección más. Es posible que debamos recomendarle a viejos lobos de la política una mejor manera de medir su virilidad, dejando atrás el rol del victimario que amenaza con irse porque "más vale malo conocido que bueno por conocer”. 

 Un segundo motivo de esta potencial dimisión es quizás más complejo y más perverso. La administración del MAS ha hecho del uso de la guillotina un rasgo distintivo. Es quizás el gobierno más apologético de la reina de corazones que vislumbró Lewis Carroll. El cortar cabezas, ya sea de infieles -como el magistrado Gualberto Cusi- o de aves de bajo vuelo ha sido típicamente el rocío de agua helada del gobierno frente a cualquier potencial incendio. 

 Será posible entonces que el MAS haya podido leer en su último revés en las urnas y las crisis más recientes que la gente está agobiada de este método. ¿Será posible pensar que Evo Morales y los suyos han encontrado espacio para escuchar la solicitud de cambios significativos en un proceso de cambio estático y cada vez más oxidado? Así, parece ser que está despertando en las esferas del poder una conciencia, por ahora sutil, de que no basta con tirar hacia el abismo a un par de funcionarios menores para esconder las alfombras persas de nuestro nuevo Taj Mahal. Parece ser que a la población ya no le es suficiente ver rodar la cabeza de un interventor del Poder Ejecutivo y culpar a la oposición cuando no hay agua para vivir. 

 Es posible que a la gente le parezca insuficiente aducir desconocimiento de una compañía aérea radicada en Bolivia, después de una prueba más de ineptitud y/o negligencia. Quizás esto le haya mostrado a Evo Morales, como en una ensoñación, que negarse a recordar la cara de su expareja o si tuvo o no un hijo con ella, no es más aceptable. De ser así, habrá que pensar si la renuncia a una posible nueva candidatura de Álvaro García Linera es la última condena. ¿Será posible que se esté buscando llevar la última cabeza debajo de la del rey a la guillotina? De ser así, el Gobierno estaría mostrando una cruenta y desesperada vocación por realizar un cambio significativo, sin que nada cambie. Tal vez, buscando ahora hacer apología al gatopardo. 

Si esta última fuese la razón por la que un Vicepresidente tan cercano al poder se desprende tan fácilmente de él, el Gobierno se habrá convertido en el vivo reflejo de la corrupción consumada. Tan desesperado por conservar el efímero poder que se escapa de sus manos, que está dispuesto a cortárselas  con tal de no dejarlo ir.
  
Pablo Ivankovich Ortler es  politólogo.

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