Fue ese 17 de diciembre de 2016

sábado, 24 de diciembre de 2016 · 00:00
El 17 de diciembre (17-D) de 2016  fue el día en que Evo anunció ronco de furia que volverá a aspirar a la presidencia. Será una fecha trascendental en la historia boliviana, pero no porque ese día Bolivia dejó de ser democrática. Eso ya pasó en 2013, cuando una decisión torcida del Tribunal Constitucional hizo que Bolivia dejara el perímetro de lo que se considera un régimen democrático. El 17-D de 2016 será emblemático porque ese día se inició el ocaso global de un periodo decisivo la vida política boliviana. El Evo circense del 17-D contrasta con aquella imagen del Evo emocionalmente absorto cuando se posesionaba por primera vez, allá por el 2006. 
 
 ¿Cómo pudo un líder de ese potencial haberse encogido hasta hacer el ridículo? Porque declararlo "comandante de los pueblos”, festejarlo luego en un estadio que lleva su nombre o anunciar que en su museo de Orinoca habrá un bloque que se llamará "Quirquincho” ya no es chistoso: aquí alguien necesita un diván. No es la primera vez que en la historia un príncipe, aún agarrado del poder y haciéndose hacer estatuas, haya perdido porte y estatura. Se confirma que, salvo excepciones, lo que a la izquierda le sobró en consciencia antiimperialista le faltó siempre en decencia una vez que se metió a gobernar. 
 
 El 17-D de 2016 revela por lo menos cuatro cosas. Primero, que Morales ha perdido definitivamente control sobre la ambición en su forma más burda, confirmando la sentencia de Marof sobre los políticos bolivianos, según la cual éstos acababan ignorando "sus propios destinos y son maniobrados por el drama mismo hasta integrarse en marionetas de sus apetitos minúsculos”. 
 
En segundo lugar, en Bolivia no sólo se ha desplomado la democracia como régimen, lo que ahora se acaba de quebrar es el mismo principio de soberanía popular como fundamento de legitimación del poder público. Régimen democrático y principio de soberanía popular no son la misma cosa. Cuando a fines del siglo XVIII en Europa, la democracia como régimen aún no se había forjado, ya lo había hecho la convicción de que ni lo divino y menos un monarca, eran los titulares finales del poder, sino el pueblo. Como no hay vía constitucional de que Morales re-vaya a una elección, hacerlo quiebra la soberanía popular, porque así Morales desplanta, no al pueblo como elector periódico de sus gobernantes, sino al pueblo como definidor de las reglas para definir las reglas del juego que no es otro que el pueblo de la constituyente y del 21F.
 
 En tercer lugar, se confirma que el llamado proceso de cambio tuvo uno de sus ejes en la perniciosa combinación de dos corrientes retrógradas: un discurso milenarista odiador, y un estilito leninista-diletante de hacer Estado. Esto fue pernicioso porque ambas comparten un enemigo común: el principio del imperio de la ley. Es cierto que antes del Estado Plurinacional este principio fue estropeado. No obstante, esta displicencia nunca llegó a ser principio de Estado, sino expresión de perversión de los gobernantes de turno. Ahora es las dos cosas.
 
 La cuarta constatación es que el futuro del país es oscuro, pues no es que estas dos corrientes perniciosas se apliquen a una sociedad que, al unísono, clama por el imperio de la ley. No, hay como mínimo un fuerte tercio de la bolivianidad que no cree, ni entiende ni quiere tal principio y el resto nunca fue realmente consecuente con su defensa. Esta displicencia natural frente al principio del imperio de la ley que lacera a Bolivia es de siempre y tiene varias fuentes. El que las culturas amerindias originalmente estuvieran lejísimo de incubar algo siquiera parecido a la idea del imperio de la ley, y más bien se fagocitaran en medio de modalidades no pocas veces crueles de ejercicio del poder, hizo todo más complicado, habida cuenta que somos herederos de lo bueno y malo de esta tradición. 
 
 Si sumamos a eso las prácticas de las élites republicanas, la cosa se puso gris y finalmente negra cuando, para colmo, llegó encima el MAS con sus sonseras, como las del sexo inter-piedras. Cómo sorprenderse que el principio del gobierno de la leyes por encima de aquel de los hombres esté a esta altura hecho polvo. Queda una última, aunque me dirán ingenua esperanza, no para detener el ocaso, pero sí por lo menos para ordenar lo que será una larga transición. 
 
 Se trata de que el Tribunal Electoral (TSE) pare este atropello, ya que si hay una entidad que, por su especialización, debe defender el voto popular, esa es el TSE. Si éste optara por la genuflexión, no habrá más consuelo que esperar que los primeros años de gobierno masista y los siguientes de gobierno inconstitucional que se vienen si Morales impone su berrinche, sean la experiencia que nuestra sociedad tendrá que haber atravesado para comprender que, concluida la era Morales, tendrán que introducirse muchos más recaudos para evitar el abuso del poder en el futuro.
 
 Si tenemos suerte, este gobierno de chantajes morales, malusando lo indígena, gerencialmente incompetente, prebendal y basado en la fabulación de un demos en realidad hecho de grupos corporativos que -y otra vez Marof- luego de "jugar sapo... entre gritos y brindis al caudillo triunfante de turno” medran del poder bajo su ala, habrá sembrado la semilla de su propio impedimento futuro.
 
Franz Xavier Barrios Suvelza es economista.

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