Cartuchos de harina

Una izquierda orwelliana

sábado, 6 de febrero de 2016 · 00:00
Pese al título de esta columna, no recurriré a los trajinados paralelos que se hacen con la novela de George Orwell, 1984. Ésos que se usan sin proporción en los círculos más recalcitrantes para dramatizar los arrebatos mandones e inmoderados de la izquierda bolivariana del siglo XXI. No lo haré, además, porque los actores (en el sentido literal del término) de esa izquierda suelen sacar a pasear alegatos, poses y aficiones propios de un festival de lo que los sajones llaman stand up comedy, no de una distopía como 1984.

Claro que, para ser ecuánimes, tampoco es que en el bando contrario a esa izquierda se vea algún Winston -no por el atormentado Winston Smith de 1984, sino por Churchill- destinado a reemplazarla democráticamente, con la solera política, histórica e intelectual requerida. La derecha tiene reformas que enfrentar  y para eso no basta la cumbia de Macri o algún nuevo recetario tecnocrático.

No voy a alquilar pues los fantasmas de 1984 para identificarlos con la izquierda que gobierna. Nomás pienso que ella desprecia lo que Orwell llamaba la "decencia común”; la del ser humano ordinario, ajeno al poder político, confiado en sus espontáneas virtudes, actitudes y lealtades. Orwell era de izquierda pero sobre todo no era un relativista ético, como es la izquierda bolivariana.

Es verdad que el Orwell de 1984 ha sido usado para retratar el colectivismo soviético, olvidando por conveniencia el rechazo que su autor sentía también por las clases altas, de compasión adormecida y frecuente frivolidad.

Orwell llevaba una pasión más radical que la socialdemócrata que se le achaca (y con la que se suele pintar a un Orwell "domesticado”). Mientras, a la izquierda actual le sobra aquel desdén orwelliano pero le falta su buena ley.

Se extraña pues una izquierda que defienda la justicia de veras, "esa eterna fugitiva del campo de los vencedores”. Al contrario, la izquierda imperante venera el éxito como una diva del espectáculo o como un bróker de Wall Street. Y zapatea animada por ideas elitistas, egolátricas y enrevesadas, que le sirven como coartada para sacudir -sin cargo de conciencia- al que no la obedece.

La sociedad agradecería una izquierda orwelliana, despojada del miedo a perder su estatus de aristocracia iluminada, y sin afán de lucir interesante e inflexible. Una que no contribuyera a destruir "el sentido de la decencia común y del sentido del pasado como ‘infraestructura moral’ para hacer frente ayer, hoy y mañana,  a la voluntad de poder”. Una izquierda que no se estornudase en el respeto a la verdad o al prójimo, aunque el intelecto, ése de Pilatos, susurre que puedan ser ilusiones. Una izquierda, en fin, sin la inseguridad de parecer naif o poco chic. Y aunque no es imposible que la izquierda actual dé a luz a una más benigna de corte orwelliano, sólo será previo un fracaso aleccionador.

Orwell escribió un boceto expresivo de la sensibilidad que me ocupa, en el ensayo Looking Back on the Spanish War. Él combatía en las filas republicanas en la Guerra Civil española. Y una noche salió de francotirador a cazar enemigos. Cuando ya amanecía, vislumbró a un soldado abandonando su trinchera, pero advirtió que "estaba a medio vestir y mientras corría se sujetaba el pantalón con las dos manos”. Orwell no disparó porque un "hombre a punto de perder su pantalón no es un fascista. Es una criatura como tú o yo”.

Un leninista, siempre con la ética en el mismo lugar del fusil, lloraría de risa al leerlo. No por nada Orwell se definía como un tory (conservador) anarquista, no como leninista. Para él ciertos valores tradicionales no eran prescindibles, pues conforman un dique contra la deshumanización, contra la fábrica de la razón sin alma.

Y nos resta sólo imaginar una izquierda que, para no despeñarse por la ansiedad de poder, pueda intuir con Orwell que: "en un escritor de hoy puede ser mala señal no estar bajo sospecha por tendencias reaccionarias, así como hace veinte años era mala señal no estar bajo sospecha por simpatías comunistas”.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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