Entre ceja y ceja

El escándalo en política

miércoles, 23 de marzo de 2016 · 00:00
Dice Wikipedia que  "un escándalo político es un escándalo en el cual un político o grupo de políticos son acusados de realizar prácticas ilegales, poco éticas o corruptas. Normalmente, dichas prácticas tienen lugar originalmente en secreto, y se convierten en escándalos políticos al recibir una inesperada atención mediática”. Y complementa la misma enciclopedia cibernética: "No todos los actos potencialmente reprobables realizados por un político y con cobertura mediática constituyen escándalos políticos. Una de sus características es que debe implicar un perjuicio hacia los intereses públicos, ser contrario a la ley o involucrar un conflicto de intereses con el cargo del político”.

John B. Thompson, catedrático de Sociología en la Universidad de Cambridge, es probablemente el teórico contemporáneo que con mayor prolijidad y dedicación viene estudiando el fenómeno de los escándalos políticos. Su libro, El escándalo político, poder y visibilidad en la era de los medios de comunicación, va en camino a convertirse en un clásico sobre la materia. Como dice una excelente glosa: "en este libro se busca indagar sobre por qué los escándalos políticos se convierten, cada vez en mayor medida, en un elemento central del juego político, capaz de alterar e incluso destruir carreras políticas y, en consecuencia, el devenir democrático de un país”. 
 
Thompson afirma que el escándalo político es un elemento propio de las sociedades democráticas, "no de las dictatoriales, donde, salvo peculiares luchas de poder entre diversas facciones de una dictadura, el fin del incipiente escándalo suele ser rápido y tajante: la castración, no del afectado por el escándalo, naturalmente, sino del denunciante, exactamente el mismo final que espera a los perdedores de la lucha entre facciones”.
 
Los escándalos políticos adornaron el devenir de las sociedades desde tiempos inmemoriales. La Roma antigua, por ejemplo, estuvo plagada de intrigas, maniobras y tramas que devinieron en sonados escándalos que, a la postre, dieron por tierra con el Imperio. El mismo rapto de la bella Helena por el príncipe Paris y la posterior guerra que desató Agamenón fue, sin duda, un escándalo político, bellamente relatado por Homero en La Ilíada. Napoleón con Josefina, Bolívar con Manuelita y tantos otros famosos idilios de la historia también dieron material para escándalos políticos que torcieron la historia de pueblos y naciones.
 
En nuestro país, durante el siglo XIX, descollaron los escándalos de Melgarejo y su Juanacha, y del triángulo entre José Ballivián, Isidoro Belzu y Juana Manuela Gorriti. Seguro que la historia del país hubiera sido diferente sin la rivalidad pasional de estos actores.
 
En la segunda mitad del siglo XX, prácticamente no hubo campaña electoral en Estados Unidos de América que no hubiese estado salpicada por algún escándalo político. Algunos casos alcanzaron dimensión definitoria, como Watergate, que provocó la dimisión del presidente Nixon y el "affaire” Clinton – Lewinsky que marcó para siempre el legado del Presidente demócrata.
 
En el siglo XXI, los escándalos políticos se han convertido en parte sustantiva de las estrategias políticas; son el centro de las campañas negativas y pretenden cumplir una función de ofensiva, sin la cual ya no se pueden encarar los procesos electorales.
 
Yo, en lo personal, no me adscribo a esa corriente y persisto en el criterio que tenía John Napolitan en sentido de que las elecciones se ganan con mayor eficacia con apelaciones positivas y sin necesidad de agredir al adversario.
 
Sin embargo, debo reconocer que si uno es objeto de una campaña negativa y sufre los rigores de un escándalo político debe saber reaccionar con eficacia y prontitud. Para ello no creo que se haya descubierto un antídoto mejor que enfrentar el escándalo con un eficiente y planificado manejo de crisis, cuyo centro sea la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Ricardo Paz Ballivián es sociólogo.

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