La escaramuza

Lecciones de un escándalo

martes, 29 de marzo de 2016 · 00:00
En política la función de azar (de la suerte) juega un papel determinante en la medida en que las consecuencias de nuestros actos políticos adquieren de pronto una autonomía relativa que suele quedar con bastante facilidad fuera del control de quien los puso en marcha.  Probablemente el caso Zapata sea un excelente ejemplo de esta pertinaz tozudez del azar, expresada como consecuencias políticas de una relación que, de seguro, ninguno de sus protagonistas esperó derivara en semejante escándalo.

Proudhon   había dicho que "la fecundidad de lo inesperado excede con mucho a la prudencia del estadista”. La trágica y romántica relación del presidente Evo Morales con la señorita Gabriela Zapata encuadra en esta certera apreciación: las consecuencias de una relación personal afectiva y privada entre ambos excedió todos los límites de lo que, en su momento, pudieran haber previsto ella y el mandatario. 
 
Se puede decir que la suerte les jugó una mala pasada. Frente a esta mala jugada de la vida la respuesta fue tan equivocada, como el menosprecio que, en su momento ambos, debieron haber sentido frente a las consecuencias políticas de una relación tan personal. Desencadenadas las misteriosas fuerzas del azar y eclosionado el escándalo, el Estado decidió cambiar el rumbo de los acontecimientos haciendo uso de toda la violencia estatal posible (cosa muy frecuente en este gobierno). 
 
Cuatro imputaciones, amenazas de separar a los hijos, cambio de penal, implacable acoso psicológico contra la expareja, ministros, Fiscal General, Tribunal Supremo, jueces, aparatos de seguridad, autoridades penitenciarias, contingentes de personal policial, régimen cerrado  y todo lo posible de ser utilizado apuntó de forma súbita a la presunta madre de un misterioso hijo del Presidente. 
 
Debo reconocer que, de alguna manera, esto resulta natural en la medida en que cuando el poder se siente amenazado pierde la calma con mucha facilidad; sin embargo, semejante despliegue de fuerza tampoco rindió el efecto deseado. El escándalo crecía en proporción directa a su negación violenta. 
 
Cuanto más se trataba de dañar la figura de la imputada, mayores indicios de culpabilidad dolosa aparecían en torno a la figura del Presidente,  lo que, de alguna manera, prueba la hipótesis según la cual la cantidad de fuerza que se dispone en contra del eventual enemigo bien puede no ser la mejor manera de medir el poder que controla, sino su propia debilidad. 
 
Parecía que cuanta más violencia estatal se concentraba en la señorita Zapata, más débiles se mostraban sus resultados y más erráticos sus mecanismos represivos. Como el caso dejó la esfera de lo privado en virtud de la sospecha de tráfico de influencias que involucra al Primer Mandatario, su carácter público y su ligazón al Estado tuvieron nuevamente un efecto no deseado, una jugada de la suerte que terminó reduciendo la popularidad del mandatario. 
 
Toda la violencia contra Gabriela Zapata sólo produjo un efecto final traducido en los resultados de un estudio sobre el particular: a saber, el Primer Mandatario no es lo que aparenta.
 
Arendt sugirió -en un estudio sobre la violencia- que uno de los mayores dilemas de la acción política es que con bastante frecuencia los medios utilizados para someter al adversario suelen sobreponerse a sus fines. Esto quiere decir que todo el aparato de violencia concentrado en el caso Zapata sólo dejó ver el poder de un Estado abusivo (los medios). Y, a la inversa de lo esperado, en vez de borrar de la escena a la señorita Zapata (el fin) la posicionó como un referente ineludible a la hora de juzgar la calidad moral del régimen y de poner en duda la del propio Presidente, al punto que el 64% de los bolivianos cree que Morales mintió.
 
Moraleja: la mera disponibilidad de poder, el uso indiscriminado de la fuerza y el manejo interesado del Estado puede cortarnos la cabeza.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

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