Umberto, O che bon eccho

jueves, 3 de marzo de 2016 · 00:00
Es posible que a la muerte de Umberto Eco, escritor, filósofo y semiólogo italiano, autor de títulos académicos como Tratado de semiótica general, En busca de la lengua perfecta, Obra abierta, El signo, Apocalípticos e integrados, y otros de grueso calibre que hablan de la tricotomía de Peirce o de la semiología saussureana -sólo por citar algunas "pequeñeces”-, nadie, en todo el planeta,  habría ultra-homenajeado a este maestro e investigador si no hubiera publicado, en 1980, la novela histórica de misterio El nombre de la rosa, convertida, no por simple casualidad, en  best seller mundial.

No por simple casualidad pues Eco, atrapado en su academicismo, acariciaba desde hacía varios años escribir un éxito literario que llegara a la cultura popular a través de su erudita  obra, quizás persuadido en afianzar hacia la práctica sus teorías semióticas y comunicacionales. 
 
Así lo hizo. Yuxtaponer maravillosa e increíblemente la historia medieval con retratos personales imaginarios, con parábolas de tono filosófico, con cuestiones teológicas sobre la incompatibilidad del cristianismo y la pobreza (se doctoró en Filosofía con una tesis sobre el problema estético en Santo Tomás, de cuyos principios tomistas encontró propicia vertiente en la novela).
 
Y en fin,  junto con todo ello el hecho de ambientar alucinantes historias detectivescas, fue vertiginoso expediente para que este sabio moderno creara una insólita como sesuda forma de best seller, distante del tradicional  best seller,  cuyo "estilo y vocabulario sencillos captan fácilmente la atención del lector y buscan convertirse en gran éxito de venta”. 
 
Si bien no pudo sustraerse, para dar toda forma de especie a su novela, en consultar obras menores de ocultismo, esoterismo y brujería, "cuyo contenido e información, dadas su erudición de amplios horizontes y curiosidad sin límite, fueron, asimismo, esenciales para perfilar    El péndulo de Foucault (1988), La isla del día de antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la reina Loana (2004) o El cementerio de Praga (2010).
 
Umberto Eco no oculta nada en la novela El nombre de la rosa, a tal punto que, aunque nefasta la desaparición del segundo volumen de la poética de Aristóteles dedicada a la comedia, enfatiza, sin embargo, con el humor, pero no sólo como núcleo o meollo del apócrifo manuscrito de Adso de Melk, discípulo del fraile Guillermo de Baskerville, exagerado y hasta recurrente en su poética; así como, en otro ámbito,  por el "autoritarismo”  con que se  combaten los crímenes.    
 
Texto erudito y brillante. Apasiona que la intriga se desarrolle en la Edad Media, con exactitud a fines de noviembre de 1327, y que, como una idea misteriosamente abstracta, se enseñe una biblioteca concebida como un laberinto y que, en suma, la historia sea digna de una novela policial clásica.
 
¿Cómo entender? Sin duda que cada lector habrá formado o formará para sí sus propias conclusiones (fue esto lo que pretendió Eco). Él sólo se limitó a señalar que "es una historia policíaca en la que se descubre bastante poco y en que el detective es derrotado”. Se trata, entonces, de una perfecta desintegración de la creencia que descansa en "la celebración del triunfo final del orden (intelectual, social, legal y moral) sobre el desorden de la culpa”. Así, manifiesta "una historia de conjetura en estado puro, pues, en el fondo, la pregunta fundamental de la filosofía coincide con la de la novela clásica: ¿quién es el culpable?”
 
Compleja ironía que, quizás, se halla en los enormes vestigios que con el tiempo fueron evolucionando en el contenido de su estelar Tratado de semiótica general; o bien que el mismo Eco filósofo llegaría a profundizar a través de los años. Para muestra, una irrebatible verdad: "hay límites ‘empíricos’ más allá de los cuales se encuentran grupos de fenómenos no analizados, fenómenos cuya importancia semiótica es indudable: piénsese en el universo de los objetos de uso y de las formas de que ya se ha hablado  relativas a la articulación de ideas”.
 
Esta es sólo una, o dos,  como ya se mencionó, de otras tantas y superlativas  disquisiciones que Umberto  Eco exterioriza acerca de  su portentoso El nombre de la rosa.
 
Pablo Mendieta Paz es escritor.

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