El proceso de cambio o la síntesis histórica que nunca fue

viernes, 4 de marzo de 2016 · 00:00
Este régimen es revolucionario por varios efectos, pero también por estar basado en la violencia. No se trata, por supuesto, de la versión física de ella. Pero aunque sea incruento, es un régimen de violencia. Esto se corrobora en una reciente entrevista del Vicepresidente.

Luego de mofarse de la microcefalia -incluida la del entrevistador- de quienes hablan de populismo y de contar que adoptó un quiltro alteño desamparado para probar que hay seres humanos buenos como él, sustentó la calidad insustituible de Evo diciendo que si "las cosas dependieran de las instituciones, ya no sería revolución”.
 
"Las cosas dependen -añadió poseso- de personas”. Nos está diciendo, en el fondo, que hay que sobreponer el "gobierno de los hombres” o, en este caso, de "el” hombre, sobre el "gobierno de las leyes”. Que los procedimientos desprendidos de personas son mecanismos abúlicos y que es la guía del ungido lo que vale. 
 
El lío es que en el "gobierno de los hombres” la violencia prepondera como método. La violencia no necesita llegar al secuestro de un burgués. Ahora toma la forma de acción estatal arbitraria o de gasto público caprichoso, a gusto del gran timonel. La apología de la violencia, que implica despreciar las instituciones, devela la inconmovible convicción del Vicepresidente sobre la imprescindibilidad de la violencia como método de poder.
 
No sorprende que se proclame ser un "leninista absoluto”. Decir "leninista” hubiera bastado como elogio radical de la violencia. Lo de "absoluto” ya no es de este mundo. Convulsiones hagiográficas no me pescan desprevenido desde que un día mi hijo menor me dijera, en la única frase política que le conozco, que no se podía comparar al Che con Bob Marley sencillamente porque este último no fue un asesino. Desde entonces la evocación de íconos violentos me parece escabroso.
 
Un segundo rasgo de este régimen de violencia incruenta es su psicodelia indigenista. Resulta que la inservibilidad de instituciones independientes de control se funda en que los indígenas -que se supone ahora gobiernan- carecen intrínsecamente de maldad.
 
Como lo que hacen es, por definición, virtuoso,  ¿qué sentido tendría una Contraloría? En un régimen opuesto, irregularidades como las del Fondo Indígena conllevarían que el Canciller anuncie la forja de una Contraloría General con gente intachable, elegida por 4/5 de votos para investigar, caiga quien caiga. ¿Qué dice Choquehuanca? Que las "hermanas”... "han comprado una arroba de papas sin factura porque en el campo no dan factura”. Qué tal.
 
En tercer lugar, este régimen idolatra un colectivismo faccional. En una entrevista en Red Uno,  Evo arranca diciendo estar sorprendido del nombre del programa Uno decide. "Yo hubiera puesto” -sugirió Evo- "el nombre Pueblo decide”. Su afán es insistir en que la reelección nunca se le pasó por la cabeza, que se trató de una ocurrencia "del pueblo”. Y que, ni modo, tuvo que acatar. 
 
Más allá de si no fue la nomenclatura la que indujo este teatro, quien le pidió que aceptara la reelección no fue "el pueblo”, entendido como sujeto constituido por el procedimentalismo democrático. Se trató de colectivos faccionales vía Conalcam, un cartel corporativo que, por lo que sale a la luz, está reemplazando a las roscas de la era neoliberal en la succión prebendal del Estado. 
 
Violencia incruenta, sicodelismo indigenista y colectivismo faccional se funden. Emerge el ungido que, despreciando las instituciones y como encarnación de un "pueblo”, que cobra sonoridad en la vocinglería de colectivos sociales faccionales obsecuentes, define sabiamente -por ser indígena- lo que al país le conviene.
 
El proceso de cambio, presentado como éxtasis de la liberación del país, acaba siendo nada más -aunque eso no sea poco- que una antítesis de la tesis histórica previa del Estado adeno-mirista y su degradada "democracia pactada” y, por supuesto, antítesis bienvenida de las penosas lacras racistas y excluyentes que fregaron la república desde su nacimiento.
 
La revolución evista ha traído progreso en importantes aspectos frente a la tesis que niega. El drama es que no es la síntesis histórica que Bolivia merece. La síntesis será un régimen no violento, libre de mitos retorcidos y que, sin caer en el individualismo agresivo del liberalismo occidental, que reponga al individuo y desenmascare a los grupúsculos prebendales que dicen ser "el pueblo”.
 
Regímenes como el actual pueden durar muchas décadas. Lo cierto es que algún día terminan. Es la ley de la vida, leninismos más o menos, como es ley el que procesos de cambio social, en nombre del "hombre nuevo”, cierren con el destape de una corrupción acumulada, de una espectacularidad que la gente contemplará llevándose la mano a la boca.
 
Como los perpetradores estarán ya seniles o fugados, y la síntesis histórica tendrá un ánimo reconciliador, probablemente, expresado en una nueva constitución, aquellos probablemente acaben exculpados por razones humanitarias y con renta de jubilación. Lo que queda es obrar para que, cuando ese día llegue, hayamos aprendido la lección de lo bueno y lo atroz que tanto tesis como antítesis nos legaron.

Franz Xavier Barrios Suvelza es economista.

Sobre la última encuesta de Página Siete

Si usted es de los que necesita estar bien informado, puede acceder a la encuesta electoral completa de Página Siete, suscribiéndose a la aplicación PaginaSietePro que puede descargar de App Store o Google Play

 


   

95
7

Comentarios

Otras Noticias