Prioridades para el debate

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lunes, 11 de abril de 2016 · 00:00
Las aventuras de alcoba de nuestro Primer Mandatario y la interminable discusión existencial del hijo que está y no está, están desviando la atención del público de temas menos picantes, pero posiblemente más importantes.
 
Con los primeros síntomas de crisis económica ha llegado el momento de preguntarnos dónde estamos y de hacer un inventario de lo que ha sucedido en la economía y la sociedad durante el ciclo largo de altos precios para las exportaciones, ciclo que va desde el 2004 hasta el 2013, y lo que se puede esperar ahora que la bonanza exportadora se ha acabado.

Una impresión superficial sería la de que a la economía le ha ido muy bien, tanto en la fase de auge como en el periodo de declinación de precios. En efecto, se  ha tenido una tasa promedio de crecimiento del PIB de 5%.
 
Nada mal por cierto. Pero desde el estudio seminal de Rodríguez y Sachs (1999) se sabe que un país rico en recursos naturales puede crecer por un tiempo por encima de su tasa de crecimiento de largo plazo, dada por factores fundamentales, como la tasa de crecimiento de las inversiones, de la población ocupada y de la productividad, especialmente la del trabajo. 
 
Las tasas de crecimiento de estos factores han sido bajas, con la posible excepción de la inversión pública. Con el modelo de crecimiento que hemos estado siguiendo, el crecimiento de largo plazo se estancará cuando se terminen los recursos naturales.
 
Todo lo anterior puede parecer muy teórico, pero el agotamiento de nuestros recursos naturales se ha vuelto más aparente después del fracaso de Lliquimuni. Hemos estado viviendo del vaciamiento  de nuestros recursos naturales y de los altos precios.
 
La economía se ha diversificado muy poco y las inversiones en fortalecimiento institucional han sido muy bajas.
 
En esas condiciones es más difícil encarar la crisis desencadenada por la caída de los precios de exportación. Se ha desaprovechado, en gran medida, el extraordinario contexto internacional del ciclo largo de precios.
 
Es cierto que las dimensiones de la economía han cambiado y que ha habido y hay todavía un auge del consumo y de la inversión pública. La pregunta está en cuánto más durará.  Se está queriendo sostener el crecimiento contrayendo más deuda externa, lo que tiene riesgos. La historia del país con el endeudamiento externo no ha sido muy brillante que digamos. 
 
Si los coeficientes de deuda externa con relación al PIB son bajos ahora, lo que da espacio para endeudarse, se debe, en gran parte, a los perdonazos de deuda que nos otorgaron las instituciones financieras internacionales. También ha contribuido a la caída del coeficiente el aumento del PIB nominal en dólares, explicable por la sobrevaluación del tipo de cambio. 
 
Se ha de hacer notar que el PIB en dólares corregidos por paridad de compra (es decir, por cuánto se puede comprar con un dólar en el país)  es mucho más modesto que el que se tiene sin esa corrección.
 
Se tiene el desafío ahora de proponer un buen programa de inversiones públicas, aunque sea financiado con deuda externa, pero asegurándose que su rentabilidad social sea alta. No se puede asegurar al 100% esa rentabilidad, pero hay que tratar de estimarla, reuniendo y analizando toda la información pertinente. El programa tiene también que ser más pequeño.
 
Algunos analistas dicen que una parte importante de los problemas del Brasil, que son de una gran magnitud en la coyuntura actual, radica en legislaciones confusas y, a veces, obsoletas. Se puede decir lo mismo con lo que ocurre en el país. Las legislaciones promulgadas rápidamente para adecuarlas a la nueva Constitución no son lo suficientemente precisas. Han sido pasadas sin suficiente discusión, lo que ha incidido en su calidad. La misma
 
Constitución adolece de varias imprecisiones. El legado de confusiones está afectando a la eficiencia de la gestión económica.
 
A todos, moros y cristianos, opinadores neoliberales y  rabiosos populistas, nos interesa que le vaya bien a la economía nacional. Es necesario entonces retomar y priorizar el debate para no perdernos en superficialidades aún si son  llamativas.

Juan Antonio Morales es profesor de la Universidad Católica Boliviana y expresidente del Banco Central de Bolivia.

Confidencial

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