La escaramuza

Brasil: un golpe moral

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martes, 19 de abril de 2016 · 00:00
Fernando Alfonso Collor de Mello fue el político brasileño que gobernó el coloso sudamericano entre 1990 y 1992.  Sus biógrafos dicen que "Collor de Mello provenía de una familia poderosa del Estado de Alagoas”. Collor de Mello ganó las elecciones como candidato de un pequeño partido de derecha llamado Partido Laborista Cristiano, aliado al Partido de Reconstrucción Nacional, también de derecha. Su campaña se baso "en prometer medidas para combatir la inflación y en mostrarse opuesto a los burócratas, acusándolos de corrupción y de cobrar elevados sueldos”.

Sus cronistas consideran que el joven y carismático líder "logró obtener el apoyo de la derecha, ya que era considerado como el único capaz de derrotar al candidato de la izquierda Luiz Inácio Lula Da Silva”, el temido candidato de la izquierda obrera organizada en el Partido de los Trabajadores. 
 
En octubre de 1991 estalló un escándalo en relación a oscuros manejos en la poderosa Petrobras, lo que derivó, en 1991, en un juicio político que concluyó con el primer impeachment realizado en Brasil. Su destitución se produjo en septiembre de 1992. Fue el primer presidente brasileño despojado de su mandato por este procedimiento constitucional. La derecha brasileña sufrió así el peor golpe político en la historia moderna de esa nación. 
 
Si tuviéramos que calificar desde una perspectiva política este tortuoso acontecimiento, sólo cabría decir que el pueblo brasileño echó del poder al mejor representante moderno de la derecha brasileña por corrupto.
 
Ayer, el Congreso brasileño procedió de forma muy similar: echó del poder a Dilma Rousseff, heredera legítima del mítico Luiz Inácio Lula da Silva, líder indiscutible del Partido de los Trabajadores, representante por excelencia de la izquierda brasileña, hombre fuerte de la asonada populista latinoamericana de los últimos tiempos, impertérrito rival del extinto Hugo Chávez y mentor incansable de Evo Morales. A Dilma y a Lula el pueblo los echó, igual que a Collor de Mello, por corruptos.
 
En la tensionada sala del congreso brasileño los defensores de la actual presidenta denunciaban un "golpe” a la democracia; los afines al proceso de impeachment calificaban su decisión como un voto en contra de la corrupción, una reacción natural frene a un escándalo conocido como "lava jato”, que puso en evidencia negociados multimillonarios y un manejo gansteril que implicaba al menos 400 funcionarios del gobierno, distribuidos en todos los niveles de decisión, maniobras que además lesionaban la institucionalidad democrática.
 
Una valoración serena de este proceso deja claro que en ese país ni la derecha ni la izquierda se libran del lapidario juicio moral de la sociedad civil brasileña. Los millones de ciudadanos que se habían concentrado, antes y también ahora, en las calles de sus principales ciudades no orientaban su accionar alineados en una ideología política y, menos aún, guiados por consignas de naturaleza partidaria. 
 
El único "partido” –si el termino cabe- que salió a las calles fue el de la moral y la ética, no fue un golpe de la derecha, ni tuvo nada que ver el imperio, tampoco fue una hábil maniobra de las fuerzas más reaccionarias del coloso brasileño; fue, simplemente, el cansancio de una sociedad democrática frente a un gobierno corrupto que pensó ingenuamente que el carisma de Lula y el prestigio de Rousseff hacían una coraza protectora que los "blindaba” de todo y por siempre. 
 
Lo cierto es que en la América Latina actual los discursos ideologizados, los esquemas clásicos de la acción política, las organizaciones amañadamente orquestadas, e incluso el copamiento de las instituciones y el desmantelamiento de la institucionalidad democrática, (cosa que por cierto no pasó en Brasil) no sirven en absoluto a la hora de que el pueblo se alza bajo las banderas de la moral ciudadana y la defensa de la democracia.
 
Lo que tumbó a la falaz izquierda brasileña no fue el poder de la derecha, fue la honestidad innata del pueblo y el apego a una veraz democracia honesta y moderna. Lenin tenía razón: el pueblo es sabio.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

Confidencial

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