Adiós, Thelonious

jueves, 28 de abril de 2016 · 00:00
Ladrillo, cemento, madera y estuco, de eso está hecho un local. Música, alma y pasión, de eso está hecho un boliche. Es triste decir adiós a un local que fue un boliche. Pero es tristísimo decirle adiós al Thelonious, un lugar que nació de los demonios del Socavón y que evolucionó musicalmente en un boliche, pero un boliche que parió un alma hecha de buena música, para la cultura. Un escenario que se dio el lujo de mostrar a lo mejor de lo mejor de la ciudad, del país, y de buena parte del mundo. Ningún otro espacio paceño -con la posible excepción de El Socavón- pudo reunir a tantos músicos tan importantes en el medio. Y lo hizo manteniendo la humildad de la fama bien ganada. 

El Thelonious tiene una historia de lucha contra las trivialidades de moda y de lo comercial. Y se concentró en la calidad, en la escuela, en lo importante. Nadie fue tan perseverante como el Thelonious. Fue difícil pelear contra el inevitable cambio cultural de la música básica, facilona, trivial, trillada. Fue casi un reto personal, pero lo logramos. 
 
Alejamos a los músicos de la simpleza y les exigimos lo difícil, pero satisfactorio; les dimos un escenario a los que peleaban por algo más que lo que daba dinero. Fuimos constantes en eso y no fue nada fácil, pero era para nosotros más difícil rendirnos a la mediocridad o a lo trivial. La buena música siempre fue primero.
 
Nunca tuvimos el apoyo de nadie importante. Ni del Estado, ni mucho menos de la Alcaldía. Sólo contamos con los degustadores de la buena música, pero para nosotros fue suficiente. No queremos futuras generaciones resignadas a lo que les dicta la moda o un estúpido canal de TV; creemos en el arte como esencia de la gente y por eso luchamos.
 
Mañana será otro día y la lucha musical será una victoria, eso sabemos. Lo que nunca se sabrá es que cientos de personas pelearon por eso y tuvieron un escenario donde pelear y brillar, y ese escenario fue Thelonious.
 
Sólo el nombre suena fuerte, pero el mensaje resuena aún más. Mientras haya artistas en Bolivia, habrá un Thelonious. Mientras haya música en el mundo, habrá Thelonious. Mientras haya gente que ama la música, habrá Thelonious. Siempre habrá un Thelonious en la vida mientras haya soñadores que amen la música. 
 
Esta no es una despedida, porque a pesar de todo no abandonamos la esperanza de que alguna vez alguna autoridad de este país apoye el arte con algo más que un póster o un pasacalles. Porque parece imposible que en un mundo de autoridades y políticos dueños de la vida legislativa no haya uno solo que entienda la pasión por  el arte, pero así es. 
 
Hoy nos despedimos del espacio físico. Tenía que pasar, pero no abdicamos de la idea, ni de la pasión por el arte. 
 
Entre tantos autos de buen gobierno (elecciones, referendos, días del peatón, Semana Santa y tantas otras fiestas de guardar), por un lado, y por el otro, ante el pésimo manejo de instituciones que supuestamente apoyan a los músico -pero sólo les sacan dinero-, y ante los abusos de Impuestos Internos y tanto control y maltrato de los funcionarios municipales, va más allá de lo quijotesco pensar en abrir otro Thelonious.

Juan Carlos Carrasco fue propietario de Thelonious.

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