Cara conocida tiene la agenda pública

viernes, 08 de abril de 2016 · 00:00
Se dice que los grandes portones se mueven con bisagras pequeñas. En la mitología, en la Biblia y en la historia -pasada y contemporánea- sobresale la influencia de muchas mujeres que con sus dones espirituales, con su ejemplo y sus enseñanzas defendieron de manera inquebrantable lo que es correcto y digno, y así construyeron grandes templos: el de la vida, el de la familia, el de la sociedad y el de los gobiernos. Al mismo tiempo, se afirma que la vida es una elección, no algo que nos ocurre. 

Si consideramos otra visión de la mitología, la Biblia y la historia encontramos a la mujer de mitología: Helena, sobre la que algunos dicen que  causó la guerra al abandonar marido, hija y hogar para irse detrás de un seductor extranjero, terminando ejecutada por venganza de la esposa de Tlepolemo; a la seductora: Dalila. Sansón se enamoró de una mujer del valle de Sorec, que se llamaba Dalila, quien utilizó las pasiones para ayudar a los filisteos y derrotarlo. También se tiene a la esposa-hermana: Cleopatra. Cesarión, el hijo de Cleopatra con Julio César –demasiado peligroso para Octavio en el futuro- fue la causa central para que Cleopatra no pueda lograr ningún acuerdo con Octavio, por lo que Marco Antonio -amante de la reina- y Cleopatra decidieran suicidarse. 
 
En la coyuntura de la política nacional estamos en un laberinto de sentimientos, pasiones y emociones casi cercano a lo expuesto. La relación amorosa del poder con una súbdita marcó la agenda pública, la que pone de manifiesto una "anticultura deshumanizante que desune, desintegra, devalúa, desarticula y mata de manera paulatina la dignidad humana de las personas”.
 
El caso mediático ha descubierto que a los protagonistas y coprotagonistas los hechos acaecidos los satisface, los distrae o, simplemente, los entretiene, develando lo que eternizó Nicolás Maquiavelo: el fin justifica los medios. Los actores ven el mundo en términos racionales, de probabilidades. No sólo están desprovistos de emociones superiores, sino también de sentido ético. Al mismo tiempo, encontramos en los actores rasgos distintivos, como el engaño y una temeraria falta de consideración hacia los otros sin remordimiento o angustia”.
 
Entre fábula y realidad, entre verdades y mentiras, entre la razón y el sofisma, hay una verdad absoluta: una relación entre una súbdita y el primer hombre del país, de la cual se confirma el reconocimiento de la paternidad de un niño, hecho suficiente para generar una debacle en el poder político reflejado en la derrota de sí mismo, la derrota del amor y la derrota por amor.
 
¿Los gobernantes con qué fin deben proteger el amor y el poder? Con el fin de modelar la vida, con el fin de modelar la sociedad y modelar el pensamiento como instrumento, como medio y como fin que nos lleve al bien común, que no significa "moldearnos y masajearnos” a su gusto y paciencia. 
 
Los seres humanos en el poder deben considerar dentro de ellos al hombre animal o instintivo y al hombre psicológico o intelectual en la toma de decisiones, para no pasar inviernos existenciales que perjudiquen a los ciudadanos.  
 
Los ciudadanos queremos un mundo donde continuemos sonriendo, pensando, amando, soñando, proyectando y creando. Además, queremos tener identidad, conciencia de nosotros mismos y del mundo, que va más allá de los límites de cualquier ideología sociopolítica, no un mundo aparente.

Óscar A. Heredia Vargas es docente emérito de la Universidad Mayor de San Andrés.
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