Walter Espinoza García

La construcción del edificio de la Casa Grande del Pueblo

martes, 10 de mayo de 2016 · 00:00
He leído la columna de opinión del señor Agustin Echalar, tan esclarecedora en muchos temas, en la que se refiere a la construcción de la Casa Grande del Pueblo. Afirma que esta intervención no tiene parangón en el mundo actual. Infelizmente creo que sí. El grupo terrorista ISIS ha destruido parte de las ruinas arqueológicas de la antigua ciudad romana de Palmira y Nínive, capital del imperio asirio, y muchos otros cuya enumeración sería larga, sitios declarados por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad.   Los terroristas subvierten, por supuesto, leyes, normas, valores universales, convenciones mínimas que tenemos los hombres y los pueblos para convivir civilizadamente. Han sido actos de fanatismo, ignorancia y desconocimiento del legado de otras culturas de hace más de 2.000 años.

 Si de hecho he comparado la construcción de la Casa del Pueblo con un acto terrorista es por sus efectos destructivos, porque no ha reparado en romper las normas que surgen de estudios y esfuerzos de muchos profesionales,  y gobiernos municipales, ni la opinión de expertos, de instituciones que tienen que ver con el tema, ni el sentir de ciudadanos que quieren preservar los valores culturales, no sólo románticos de la plaza Murillo, del centro histórico y de toda la ciudad.
 
Además, no se necesita ser experto, arquitecto o urbanista para darse cuenta de que una construcción de esas características no tiene sentido actualmente en un entorno de calles angostas que no han sido concebidas para edificios de esa magnitud. Está fuera de toda lógica, sentido de proporción, sensibilidad mínima con lo urbano y sabiduría popular. Si va a ser usado como debería por mucha gente, entre empleados y visitantes del pueblo, va a colapsar las calles, los servicios y perjudicar las otras actividades que aún persisten en el centro histórico. 
 
Ha sido inesperado, porque acciones de esta naturaleza son inconcebibles a estas alturas del tiempo y del avance de la conciencia ciudadana en otras ciudades de Latinoamérica. Muchas de estas ciudades confrontan estos enormes problemas, incluso en sus centros históricos, fruto de su rápido y enorme crecimiento, pero los han superado y han olvidado agresiones tan inconvenientes y groseras, así como se ha avanzado en el cuidado ambiental. 
 
Hoy hay mayor conciencia sobre el patrimonio, y yo diría sentido común. Si se ejecutan  muchos edificios en altura, rascacielos, privados y gubernamentales, que son los signos e imagen de su prosperidad, se los ubica en otros distritos. Bien lo ha dicho el arquitecto Calderón en la conferencia aludida por Echalar: esto no sucede ni en Bogotá, ni en Lima, ni en México y sus ciudadanos no lo permitirían.  
 
En La Paz tampoco se esperaba que a un Gobierno se le ocurriera semejante desatino, después de lo ocurrido hace 40 años con la construcción del Banco Central durante el gobierno de facto del general Banzer,    cuando la construcción en alturas de más de diez plantas recién empezaba en La Paz y no existían ni los instrumentos normativos, ni el conocimiento urbano para enfrentarla. Sin embargo, hay que mencionarlo, hubo una fuerte resistencia de expertos, artistas e instituciones y fue una de las razones para que el alcalde de ese tiempo, Mario Mercado, encargara un estudio sobre el casco urbano central paceño. 
 
Desde aquel trabajo, elaborado por los arquitectos Gustavo Medeiros y Teresa Gisbert, se han realizado muchas consultorías, programas y planes de preservación. Han existido esfuerzos continuos de profesionales e instituciones. Funcionaba, desde 1988, una comisión de notables que asesoraba al presidente sobre  temas relacionados con el palacio y su entorno. Incluso, han llegado expertos de otros países para compartir criterios y experiencias de preservación. Se ha presentado nuestro centro histórico y sus problemas en numerosas congresos y simposios sobre el tema, se han madurado consensos entre actores urbanos de la ciudad.
 
Es cierto, seguimos confrontando serios inconvenientes, hay presiones del crecimiento. Hermosas y representativas casas de Sopocachi y otros sectores están siendo derruidas. Éste y otros gobiernos municipales han ejecutado intervenciones funestas, pareciera que nunca ha existido una política de preservación efectiva.
 
Pero un fenómeno de esta naturaleza y calibre, propuesta por un agente tan poderoso, era inesperada después de tanto esfuerzo colectivo e histórico.

Walter Espinosa García fue Decano de la Facultad de Arquitectura, Artes, Diseño y Urbanismo y presidente del Colegio de Arquitectos de Bolivia.

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