Cartuchos de harina

Comenzando a leer cuentos chinos

sábado, 14 de mayo de 2016 · 00:00
En la investigación parlamentaria de los contratos de la CAMC, el Gobierno y la oposición (más vociferante cuando se trata de pegarle sólo al MAS) tuvieron el tacto de no pisar (mucho) los callos de la China. No se vio, por ejemplo, desfilar a ningún gerente chino -la exgerente boliviana está presa- de CAMC. Quién sabe nada podían agregar o no había intérpretes, como cuando fue Félix Patzi. Los chinos no están para macanas, como entretener al público nacional.
 
 Allí no hubo un vicepresidente que exude gestos y reprensiones del más severo cuño, a nombre de la abatida patria. Es que los chinos están sujetos a un protocolo personal muy delicado. Y no es para agriarse o exigir que el trato gubernamental sea igual de brusco con todos. Por el contrario, sería ideal subir la media del ceremonial oficialista con el prójimo a un nivel cercano al que dispensa a los chinos, nuestros mayores acreedores bilaterales.
 
 Es éste el Gobierno que en 2006 disfrutó la detención del ejecutivo español de Repsol-YPF en Bolivia. Por eso es más patente la cortesía que ampara a los respetados empresarios chinos. No obstante, no busco sacarle cuentas al MAS por eso. Las secuelas del poder chino son un asunto gordo. Que el gobierno más poderoso de los últimos 40 años camine de puntitas sin fastidiar a la China, algo dice.

 Y no es un fenómeno boliviano. A Hillary Clinton le han recordado la frase que lanzó hace pocos años, cuando alguien le reclamó por qué su país no se ponía duro con China, que le "roba” empleos de manufactura. Hillary replicó: "¿cómo puedes ponerte duro con tu banquero?”.
 
Ahora recobran contexto histórico los malabarismos de los liberales y nacionalistas bolivianos previos a 1952. Entonces Estados Unidos era la potencia central y hasta estaño barato había que venderle, cuando no entregarle japoneses y alemanes a cambio de reconocimiento diplomático, como hizo Villarroel. Y también se puede ser clemente con nuestros gobiernos pasados. Tenían tales restricciones presupuestarias -y apocamiento-, que su única política internacional era: "la necesidad tiene cara de hereje”.
 
No es pues para colgarle al MAS la culpa de este movimiento tectónico causado por la China. Los países pequeños con sagacidad suelen por eso cultivar relaciones con varias potencias, para equilibrar su influencia. Aquí somos fanáticos e incautos, en cambio. Como los liberales pre-52 -que no admitían el sacrilegio de desoír al imperio-, la pubertad masista ni se plantea la herejía de relacionarse en nuevos términos con Estados Unidos.
 
Y la incidencia china ya ha dado su premio: precios altos por una década, pero a cambio de la reprimarización de nuestra economía. Eso permitió a Evo jugar al macho del barrio, como le gusta. No imagino, empero, cómo actuaría en crisis, si los acreedores chinos adoptasen el talante que desplegaban los del FMI. Ojalá no llegue el tiempo en que Evo entienda mejor a sus antecesores, y no pueda decirlo.
 
Bolivia ha conocido la hegemonía inglesa y estadounidense en estos dos siglos. Eran potencias comerciales y militares ajenas, pero más vinculadas culturalmente a Bolivia que China. El predominio sajón se sintió en nuestras pendulares aspiraciones constitucionales, extraídas del presidencialismo norteamericano, con injertos europeos y locales.
 
¿Qué influjos políticos traerá China? Los precios de nuestros productos bien podrían recuperarse para afianzar la ilusión asiática del MAS: una élite política incontestable, proveedora de capitalismo salvaje con bienestar básico y consumo, para un pueblo que sea primero obediente y, después, agradecido.
 
Iba yo huayronqueando con esas ideas, cuando leí este pasaje del último libro de HCF Mansilla: "A lo largo de cinco mil años… lo usual ha sido el predominio del Asia, especialmente de India y sobre todo de la China. A este estado habitual de la historia universal se estaría retornando en el siglo XXI. Por lo tanto, la modernidad vinculada con Europa Occidental sería una quantité négligeable (periodo insignificante) a escala mundial. ¿Es ése el mundo que nos espera?”.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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