Ritos insulsos

miércoles, 18 de mayo de 2016 · 00:00
Algunos eventos recientes han traído nuevamente a la discusión pública la cuestión de los requisitos necesarios para ejercer la función pública. ¿Se necesita ser matemático para ser vicepresidente? ¿Abogada para ser gerente comercial? ¿Artista para presidir una fundación cultural? ¿Hablar idiomas para ser Defensor? ¿Economista para contralor? Todas esas preguntas nos han caído de golpe en pocas semanas. Casualidades de la política.

Nadie duda de que como principio general es mejor saber más que menos, aunque sea brujería o ikebana, pero no se trata de ponerle tope o piso al conocimiento de los funcionarios públicos, sino de identificar los requisitos esenciales para cada puesto. Obviamente no es necesario conocer funciones trigonométricas ni números complejos para ejercer la vicepresidencia. 
 
Asimismo, si bien el conocimiento del chino es útil para representar a una empresa, cuyos funcionarios hablan ese idioma, es dudoso que un segundo idioma originario sea imprescindible para ser Defensor del Pueblo.
 
Aunque éste hablara quechua, que es la lengua indígena más hablada, ¿de qué le sirve si tiene que atender una causa aymara, weenhayek o guaraní? Claramente la cosa no pasa por ahí, como lo saben los varios dignatarios que sólo hablan castellano.
 
En general se pone demasiado énfasis en los requisitos profesionales y no el suficiente en las competencias transversales y cualidades personales. Tal vez sea deseable que el presidente de Comibol sepa de minas, o el ministro de Salud sea médico, pero es más importante que tengan, por ejemplo, capacidad de decisión, de negociación y de liderazgo de equipo; aspectos que son evaluados como rutina en el sector privado, y no hay razón para que no lo sean en el público. 
 
Estas competencias, que son necesarias para casi cualquier función pública de cierta jerarquía, se suman a cualidades que son específicamente esenciales para ciertas funciones. Éstas están directamente relacionadas con el concepto, las expectativas y los términos de referencia asociados a la función en cuestión. 
 
En el caso de la Defensoría, por ejemplo, la visión tradicional que justificó la creación del cargo corresponde a un papel de protección del ciudadano contra los abusos y arbitrariedades del Estado. En esta concepción las virtudes esenciales para cumplir a cabalidad con dicha misión son la imparcialidad, la independencia y la integridad en las que se apoya el prestigio del Defensor, la única arma de la que dispone. 
 
Difiere de esa concepción la enunciada estos días por el Gobierno, donde el Defensor se suma a las huestes gubernamentales para defender al Estado de la sociedad, al policía del ciudadano de a pie, al funcionario del periodista, etcétera. 
 
Para resaltar la originalidad de esta nueva concepción recordemos que en el corazón del diseño de la arquitectura institucional que da lugar a las repúblicas modernas está la necesidad de dotar al ciudadano de protecciones contra el poder del Estado, comenzando con la propia Constitución, que es el instrumento por excelencia de esa protección. 
 
Más allá de la interpretación original que se dé al papel de la Defensoría y de los requisitos que le corresponden, es parte de esta discusión la celebrada designación de ciertos cargos a través de un proceso de selección en el Legislativo. Este procedimiento tiene por objeto dar a esos cargos el prestigio y respaldo político amplio que tal proceso confiere. 
 
Pero la esencia de ese proceso para cargos como el de Defensor y Contralor está en dar prestigio institucional a quien ya tenía mérito y prestigio personal. El proceso se ha convertido en un rito insulso cuando el Legislativo obedece al Ejecutivo y los candidatos idóneos no se presentan, dejando libre el camino a respetables ciudadanos que no tienen las calificaciones esenciales. Como están las cosas, ahorraremos tiempo y atención si estos cargos son de nombramiento presidencial directo.
 
El señor Tezanos tiene ahora la difícil responsabilidad de dar un nuevo sentido al cargo al que juró, que difiere de manera esencial del que ocuparon quienes lo antecedieron en el título. Le deseo suerte en sus funciones mientras abrigo la esperanza de que sorprenda a todos.
 
Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.

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