Textura violeta

Quién está con las personas discapacitadas

martes, 3 de mayo de 2016 · 00:00
Las personas discapacitadas ocupan desde hace unos días las portadas de los medios de comunicación, se trata de una segunda movilización en los últimos años y es poco o nada lo que han conseguido, salvo ser visibles por una temporada; sin embargo, hay quienes también están allí y que generalmente no se les ve ni se les toma en cuenta a la hora de reclamar derechos.

Es encomiable el esfuerzo de estas personas, que viven con alguna minusvalía, por lograr una ayuda estatal mensual de 500 bolivianos. El Estado debería garantizar un mínimo para una vida digna; sin embargo, esto ocurre sólo en algunos países considerados ricos y con una política del bienestar valorada, a la que, además y muy importante, contribuye todo ciudadano con altos impuestos. 
 
Del mismo modo, son indignantes y duras las imágenes en las que esta gente discapacitada y dependiente está siendo gasificada, enfrentándose sobre sillas de ruedas  (quienes las tienen) a la Policía apertrechada. Son imágenes que avergüenzan. Hoy salen en portada, dentro de unos días ya será otro el tema de las noticias.
 
Las personas discapacitadas y las dependientes están vivas todos los días, también cuando no son portada de periódico. Tienen necesidades diarias de supervivencia básica, de alimentación, aseo, distracción, compañía… y en un país como Bolivia, con un nivel de pobreza elevado, la atención a esta población de parte del Estado es en los hechos inexistente. Todo lo que reciben estas personas proviene de su entorno, de familiares, amistades o la buena gente. 
 
Detrás de la gran mayoría de las personas discapacitadas (tengan recursos económicos o no, participen o no en estas movilizaciones) están mujeres, madres, hermanas, hijas, nietas, nueras o vecinas que hacen lo que la sociedad debería garantizar para cualquiera que lo requiera. Lo hacen con un trabajo invisible, sin remuneración alguna y tomado como algo inherente a ser mujer, como un destino natural, como un deber ineludible.  Cuidar a personas enfermas, discapacitadas o ancianas inclusive se considera femenino.
 
Es así que por un lado está la persona que vive esa discapacidad o dependencia, en abandono de las instituciones que deberían existir y hacerse cargo, y, por otro, están las mujeres que sí se hacen cargo de los cuidados sin recibir ningún reconocimiento, mucho menos algún pago o compensación. 
 
Es más, las mujeres, en su ciclo vital, pueden pasar por un permanente ir asumiendo cuidados, de hermanos y hermanas menores, de la casa, de la descendencia, de quien se enferma, del padre y la madre en ancianidad, de la tía sin hijas, del marido que al ser mayor que ella necesita antes los cuidados, de enfermos terminales... Si tiene en casa a alguien con una necesidad permanente de atención, esto le condiciona la vida, desde la posibilidad de estudiar, trabajar o desarrollar cualquier aspiración personal.
 
En España, el 85% de quienes se hacen cargo de los cuidados de una persona dependiente son mujeres. En aquel país, las bolivianas saben de cuidados, es a lo que se dedica la mayoría, cuidan a niños y ancianos en reemplazo de las mujeres españolas que salen a trabajar, a hacer su vida personal.  En Bolivia falta información estadística de género.
 
Estos días han estado en las calles personas discapacitadas reclamando un bono, una ayuda. Es gente empobrecida y desesperada que busca mejorar en algo sus condiciones de vida. A otro grupo el Gobierno le ha prometido 900 viviendas y 500 empleos. Son paliativos.
 
Se requiere una política estatal hacia el cuidado, que incluya a toda persona que tiene una discapacidad, según su grado, que se le brinde atención desde la administración y que incluya, además, compensaciones a quienes se hacen cargo de ese cuidado, mayoritariamente mujeres. No se trata de aprovechar y pedir por pedir, es buscar que se reflejen en políticas concretas los discursos sociales inclusivos y más justos.

Drina Ergueta es periodista.

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