La escaramuza

Venezuela: the final game

martes, 3 de mayo de 2016 · 00:00
Un reporte de prensa da cuenta de que en algunas de las principales ciudades venezolanas grupos de ciudadanos se dan a tomar locales comerciales donde se expenden alimentos y medicinas. Desde cualquier punto de vista la situación ha tocado fondo. Se añade una inflación cabalgante, grupos de malhechores unidos a paramilitares enfrentados a una ciudadanía hambrienta que marcan la realidad cotidiana en uno de los países más ricos en recursos hidrocarburíficos del planeta.  ¿Cómo puede un país tan exuberantemente rico estar sumido en la miseria?
 
Es posible que los expertos en economía revelen el enigma con cifras coherentes y sofisticados modelos econométricos; empero, de nada serviría semejante ejercicio, porque la razón final de semejante descalabro no estriba en el oscuro y errático manejo de las cuentas nacionales; estriba en la imposibilidad de gestionar un Estado cuyas premisas fueron erradas de principio a fin.
 
A la total ignorancia de la hermenéutica de los dispositivos económicos, que rigen el destino económico de cualquier nación, se añadió el control totalitario de la economía y los cortapiés incomprensibles a la libre iniciativa, a título de salvaguardar los intereses y el bienestar de la población más pobre  (esto lo único que logró fue empeorar su situación). A tal sumatoria de aberraciones se unió la imposibilidad real de definir y comprender en qué consistía la misteriosa fórmula política de algo que se dio en llamar socialismo del siglo XXI, extraña nominación que a claras luces no era  socialismo y se negaba ciegamente a ser capitalismo liberal. Semejante desvarío resultó ser un experimento que cabe con perfección en el calificativo de socialismo absurdo.
 
Pretender establecer un proyecto de largo aliento,  basado en la capacidad discursiva y carismática de un militar dotado de cierta inteligencia intuitiva para manejar un Estado que competía con los más poderosos productores de petróleo y generaba cifras monstruosas a nivel global, aferrándose a la vaga idea de un socialismo indefinible e inmanejable, y creer que la sola apelación demagógica a los dolores del pueblo podría construir una historia diferente y exitosa, equivalía, sin duda, a jugar ruleta rusa con el destino de una nación entera. 
 
Si pensamos en esto y la infinidad de errores y deslices que no caben en este artículo, no se requiere ciencia alguna para percatarse de que el fracaso de Venezuela no hay que buscarlo en la ineptitud patológica de su mandatario, ni la ensoñación utópica de su predecesor, ni las tensiones internas que la burguesía venezolana desplegó a lo largo de todo la historia del periodo chavista, ni en los vericuetos de la economía  y menos en las fuerzas del imperio; hay que encontrarlo en la ceguera ideológica de una bandada de bucaneros anclada en el vacío. Es más, las verdaderas razones anidan en la naturaleza dictatorial del régimen.
 
La historia ha mostrado que todos los intentos por negar la vigencia victoriosa e histórica del capitalismo terminaron en fracasos rotundos y en los casos en que sobrevivieron esos países, o están sujetos a dictaduras retrógradas o sumidos en la pobreza y el atraso. No es que el capitalismo por sí mismo sea la panacea de todas las virtudes, pero en la medida en que su funcionamiento se basa en la igualdad de los sujetos ante la ley y la primacía de la libertad en todos los órdenes de la vida social, sin duda, ha resultado mejor que todos los modelos previos, incluido el socialista. 
 
Se deriva de esto que donde se negaron los derechos y las libertades sólo se cosechó más miseria, más represión y Estados terroristas. A partir de esta certeza, hoy por hoy, Venezuela es, a pesar de su inmensa riqueza, el ejemplo más descarnado de esta dramática jugada del destino. El final de una mentira, el epílogo de un juego mortal.
 
Renzo Abruzzese es sociólogo.
 

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