Pedro Rivero, el de la voz fuerte y los abrazos apretados

miércoles, 15 de junio de 2016 · 00:00
La memoria tiene senderos inesperados. A veces retiene lo importante. Otras, se pierde en detalles intrascendentes, que aparentemente no guardan conexión con nada relevante.

A Pedro Rivero Mercado, el gran periodista, poeta, escritor; el hacedor de uno de los  emprendimientos de periodismo independiente más importantes de Bolivia, el impulsor del periodismo moderno en Santa Cruz y sobre todo el hombre de principios inconmovibles y lecciones inapreciables, me unen, curiosamente, más imágenes y sensaciones que grandes experiencias periodísticas: para mí fue, antes que todo, mi tío Pedro, el que me llamaba con ese vozarrón inconfundible cuando me veía a lo lejos, y, ya cerca, me comprimía en un abrazo apretadísimo, que a mis cortos años y pocos centímetros, resultaba más bien intimidante.

Los afectos de mi padre fueron siempre los míos, incluso por mucho tiempo más que los propios: los libros que él dejaba por la casa, las canciones que le escuchaba tocar en la guitarra, sus amigos de la "Frater” Teniente Guillermo Rivero Mercado (el hermano mayor de los Rivero Mercado), los primos…  Y entre ellos, los casi hermanos: mis queridos tíos Pedro y Chelo.

A tío Pedro lo recuerdo en el "pahuichi” de la Frater, conversando con sus amigos y en algunos momentos familiares... Grandote e imponente, con aquellos rasgos que me eran tan conocidos y esos anteojos infaltables, que levantaba a media asta cuando uno se le acercaba a darle un beso.

Como en realidad yo nunca decidí ser periodista, sino más bien soñaba con caminos dispersos,  grandes ciudades y enormes planes, que se fueron diluyendo cuando empezó mi aterrizaje forzoso en la realidad de mi país y la propia, al momento de dejar Santa Cruz ni siquiera me llevé el ejemplar de El Deber, donde él, mi tío Pedro, me había entrevistado como a todas las adolescentes cruceñas de entonces y donde, con su enorme cariño, me describía como "una damita que ama la poesía”. 

Y así pasaron raudos los siguientes 30 años, tres largas décadas después de las cuales recién, como quien encuentra las llaves perdidas en un abrigo en desuso, descubrí la impronta inigualable de mi tío, el enorme valor de su apuesta periodística -uno de los principales patrimonios cruceños-, pero sobre todo su infatigable compromiso con las letras y el periodismo.

Me tuve que hacer periodista para entender lo que tuvo que vivir con su familia para hacer de El Deber una de las empresas periodísticas más sólidas del país, pero también el espacio desde donde se ha luchado por el periodismo independiente y que constituye una escuela para muchos colegas.

Aunque generosamente me dio la oportunidad de escribir mis primeras notas en las páginas de El Deber, alentado más por el cariño que la convicción, nunca trabajé en su diario y no fue sino hasta hace pocos años -él ya con problemas de vista, pero con una memoria intacta- que pudimos encontrarnos en algunas charlas sobre el oficio.

Fueron varios encuentros -el último  hace un año, en junio de 2015, cuando estuve en El Deber, escuchando a Jon Lee Anderson-, pero en todos ellos pude apreciar con mucho amor, orgullo y admiración lo que es estar frente a un hombre coherente, sabio y generoso. Sin más quejas que la de no poder ver claramente, hablaba del periodismo en estos días como un servicio "más importante que nunca”.

Nunca le dije que tenía el secreto orgullo -o la intuición- de que pese a mi distraído itinerario, sin él y sin El Deber no hubiese elegido este oficio como una forma de vida; tampoco que -aunque me moría de vergüenza- me gustó que leyera en voz alta y con ese vozarrón que nunca perdió la fuerza un texto que yo había publicado. Tampoco pude agradecerle debidamente por esos abrazotes, en los que me perdía y, si me preguntan, es lo que me queda intacto en el corazón.

Isabel Mercado es periodista.

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