Ley de Identidad de Género, ¿quién es el dueño de la verdad?

miércoles, 22 de junio de 2016 · 00:00
Un vistazo al Facebook basta para percibir cómo la Ley de Identidad de Género ha calado en la población. Tras su promulgación, el mes pasado, varios sectores se han manifestado a favor o en contra. Queda claro que, fuera de algunas opiniones equilibradas, la cancha está marcada en "dos bandos”.

En el bando "pro ley” se manifiesta un sentir ampliamente progresista, entendiendo esto desde una de las versiones posibles de la modernidad: proclaman la igualdad de derechos para todos los seres humanos y, a la vez, la ruptura de lo que llaman "barreras moralistas” para una sociedad mejor.
 
En el bando "anti ley” se encuentran expresiones de rechazo. La consideran una medida con consecuencias negativas para la familia y la juventud.
 
Vamos a suponer que dichas posturas son opiniones informadas. En democracia, los ciudadanos tienen la libertad de expresar sus opiniones y pueden hacerlo a través de los medios a su alcance. Qué mejor si, gracias a un tema controversial, dichas opiniones generasen nuevos consensos, aprendizaje y empatía mutua.
 
Pero resulta que muchas de las posturas sobre la ley se han teñido de acusación y de excesiva violencia verbal. Descalificar al otro, agredirlo sin medir consecuencias. Mirar a los demás sobre el hombro. Fuego cruzado de estereotipos. Unos y otros enarbolan a Jesús. Son bandos que compiten de manera férrea para demostrar quién es dueño de la verdad.
 
Estos bandos tienen más en común de lo que quisieran: la misma actitud. Los ataques desproporcionados revelan un miedo interno que lleva a la confrontación. La argumentación con medias verdades esconde temores personales que, a su vez, buscan refugiarse detrás de las instituciones (iglesias) y vienen afectados por la desinformación (mitos, de ambos lados, sobre la homosexualidad).
 
Más grande que el miedo, la elocuencia para atacar. ¿Qué se construye desde la cerrazón visceral? 
Qué bien le haría al debate quitarse las máscaras. Si la Iglesia (la católica, al menos) ha expresado reiteradamente que no rechaza (y mucho menos "odia”) a los GLBT, están invitados los cristianos a profundizar su fe, por una parte, y, por otra, reconocer su homofobia para actuar en consecuencia.
 
Del otro frente, resulta fácil tirar piedras a una Iglesia que trabaja por sectores que carecen de atención gubernamental (orfanatos, hospitales, escuelas y otros), incluyendo a todos, sin exceptuar a GLBT.
 
Acaso sería más productivo repensar la manera en que ejercemos nuestros derechos. Reflexionar sobre la marginación de sectores invisibles que sufren acoso, desprecio y agresiones cotidianas. No se construye sobre el sufrimiento del otro. Sería más propositivo retomar los valores en común que conducen a una sociedad más justa y más humana. 
 
Por último, hay que hacerlo desde las trincheras de la realidad. Desde acciones de transformación real.  Dale Carnegie señaló con acierto que "la inacción cultiva el miedo (…) Si usted quiere conquistar el miedo, no se quede sentado en la casa pensando acerca de éste. Salga y ocúpese”.

Tatiana Fernández Calleja es comunicadora social

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