Premio Nacional de Culturas

viernes, 15 de julio de 2016 · 00:00
Los premios nacionales de cultura, como ocurre en muchos países de la región y en otras partes del mundo, deben ser el galardón superlativo que se imponga al aporte extraordinario de creadores e investigadores bolivianos. El Ministerio de Culturas, como no podía ser de otra manera, ha recogido el particular sentido de este fin (ya instituido hace años) y considera que el Premio Nacional de Culturas es el máximo reconocimiento que otorga el Estado boliviano a personalidades destacadas del ámbito cultural de nuestro país.

Así, desde la creación de este premio, en 1969, han sido merecedores de él una pléyade de notables ensayistas y escritores, cineastas e historiadores, poetas y periodistas, músicos y artistas plásticos, historiadores de arte y pedagogos, críticos e investigadores de cine, antropólogos y archivistas, arqueólogos y dramaturgos. En fin, una serie de personajes que, con su sabiduría puesta al servicio de sus especialidades, han forjado generaciones de intelectuales que han ensanchado a la Bolivia cultivada.

Pero ocurre a veces, y no sólo en nuestro país, que se cae en omisiones injustificadas. Recordemos que en los premios Nobel de literatura, la Academia Sueca, pregonando invariablemente una fingida postura "absolutamente imparcial en sus fallos”, se opuso tenaz y fatalmente a la entrega del galardón a Jorge Luis Borges (nadie ignora que en esa irreparable abstención sobresalió un aborrecible prejuicio de orden ideológico) y hoy, con aire paradójico, nos relata la historia de que Günther Grass, uno de los honrados con el premio en 1999, había servido en la fuerza aérea alemana en la II Guerra Mundial, amén de figurar como un político comprometido con la ideología nazi.

  O que con idéntica mentalidad la Academia hubiera rehusado, porfiadamente y de continuo, laurear a Mario Vargas Llosa; si bien, tan tensa se hallaba la cuerda, que el peruano de la mágica inspiración recibió finalmente, en el año 2010, el más encumbrado premio de las letras.

 No resbalemos sobre lo propio en nuestro contorno cultural. No dejemos en el olvido a personalidades del ramo que fuere y que sobradamente son merecedoras del Premio Nacional de Culturas. Un ejemplo patente de omisión en conferir esta prerrogativa, excepción y honor toma forma en uno de los bastiones más ilustres de las letras con que cuenta nuestro país, cuya maciza producción resultaría ociosa mencionarla precisamente por la vastedad de ella.

 Me refiero a Armando Soriano Badani, el poeta, cuentista y escritor, profuso en su obra de buen tono y autoridad, quien, respondiendo al llamado de una fecundidad natural, ha inclinado también sus dotes a la crítica de pintura y de otras artes que han calado hondamente en su alma colmada de sensibilidad. Confiamos en que, animados según justicia y razón, las autoridades del Ministerio de Culturas concedan más pronto que tarde el Premio Nacional de Culturas a tan meritorio intelectual.   

Pablo Mendieta Paz es escritor.
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