Entre los pasillos del poder y la Bolivia se nos muere

sábado, 23 de julio de 2016 · 00:00
Bolivia ha sido, en este último tiempo, el único país en América Latina en mantener el dólar estancado. La combinación tóxica con un sobredimensionamiento del gasto, un abultado déficit fiscal, demasiados créditos del Banco Central, crecimiento desorbitado de la administración pública, desarrollo de servicios improductivos y el lastre que esto significa ven inclinar la imagen y el  estandarte de país de mayor crecimiento en el área. 

 El clima político no ha colaborado. Un anticipado referendo que buscaba estabilidad ahora refleja a una sociedad que mira con desánimo lo que está pasando. Como se grafica en la tapa del libro de mi amigo Ramiro Paz, Los pasillos del poder, se ha corrido el telón y así se vuelve más compleja la realidad. El desaliento sobre las escasas reservas de gas, la insignificante diversificación de la producción, la ausencia de mercados tiene un impacto en la futura distribución del poder que abre, sin duda nuevos, espacios de conflicto y especulación. 

 Cuando crecía el ingreso del dinero todo se ocultaba detrás del exitismo económico, las equivocaciones ahora se transparentan en el resultado de unas acciones deficientes y contradictorias: una banca atada a las indicaciones que apoyan el despilfarro, préstamos dirigidos a empresas extrañas, limitaciones judiciales que establecen signos de enojo, la mirada fija en grandes proyectos, mientras la relación deuda- PIB aumenta muy rápidamente, y  todo en un clima donde la sociedad ya no está dispuesta a acumular pérdidas. Aquí es donde anclan todas las malas señales. 

 Se insiste en que el país crece y ni en el esquema de los pasillos del poder es creíble. Todos los indicadores económicos están desplomados, el objetivo de pagar el doble aguinaldo y recaudar más ingresos impositivos erosiona el bolsillo de la clase media empresarial autóctona. 

 La sociedad necesita información veraz, requiere buena educación, impuestos progresivos; tiene que abordar la conectividad con la innovación en un clima de libertad y oportunidad, pero esto no debería ser como gritarle a la pared.

 Si se quiere hacer las cosas bien se requiere de una receta muchas veces dolorosa, un mercado laboral con salarios reales y flexibles, baja inflación, un sistema cambiario acorde a la realidad, políticas de apoyo empresarial y social que deben converger en políticas acíclicas para frenar las acciones de caída. Entonces habrá una gran oportunidad para que vuelva el progreso, se desarrolle el ingreso doméstico, las ventas y el consumo.            
 Los beneficios a largo plazo necesitan de un gran esfuerzo y se deben afrontar complicaciones. El corto plazo siempre es duro, complejo, resistido; los países que no resuelven sus problemas de  infancia productiva no maduran,  son condenados y siempre rezagados.

 Hay que dar un giro. Es la clase empresarial la que aún carga en hombros el país y todavía genera empleo y paga impuestos. Aún se disponen de reservas internacionales, de una banca capitalizada en condiciones de crear créditos de inversión, pero necesitan de una recesión autoinferida para modificar el tipo de cambio. Si no se toma decisiones adecuadas, la vulnerabilidad hará trastabillar a la comunidad y empujará a la clase media en el retroceso a la pobreza.

 Las lecciones de la historia del país y del vecindario son muy claras sobre que el endeudamiento y los rezagos cambiarios tienen nefastas consecuencias en poco tiempo. Esto es algo más que un resfriado, ya no debe haber discursos, ni la triste espera para que alguien nos diga: Bolivia se nos muere.

Luis Fernando García es ciudadano boliviano.
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