Gracias a Dios no soy presidente

martes, 5 de julio de 2016 · 00:00
Si fuera un presidente creo que moriría de nervios a medio mandato, pensando en temores que ahora ni me imagino.
Qué grave sería si algún día a mi palacio lo envuelve una burbuja de superficie opaca, en cuyo interior sólo se escuche una placentera música ambiental y susurros de zalamería, y alabanza hacia mi persona, que me impidan escuchar los verdaderos clamores del exterior.

Qué lamentable sería que llegue a olvidar que mi cargo no crea Estado; es decir, que sienta que soy presidente, no que sólo lo estoy en el cargo por cierto tiempo y que pronto, al final de mi gestión, volveré a caminar por las calles de mi ciudad, escuchando una serie de críticas a mi gestión. De hecho, sería difícil responder adecuadamente a cada una de ellas, sin importar lo bien que lo hubiera hecho.

Qué perjudicial ceguera me afectaría ese día si mis ojos sólo enfocaran mis logros y nunca mis errores. Si al pueblo lo percibiera como una masa de importancia sólo política o estadística y no formada por seres humanos individuales con sufrimientos personales, que yo bien podría aminorar.

Qué bestia inhumana sería yo si siendo presidente me siento un personaje histórico y una celebridad, antes que un funcionario con la capacidad de perjudicar o ayudar a la gente en proporciones multitudinarias. Y si me embelesara con mi foto oficial y la propaganda mentirosa, en las que mi efigie sonríe y bendice, a la usanza de un mesías. Ello me arrastraría a creer que realmente soy bueno y que todos me quieren, y están pendientes de mis frivolidades personales.

Qué repulsión me produciría yo mismo si un día tengo que acallar las críticas con balas, gases y procesos judiciales, porque no tengo la integridad de dejar mis comodidades, reconocer que me equivoqué, y que con ello he dañado a muchos, que tienen el derecho natural y legítimo de protestar.

Qué vergüenza sentiría si escuchara mi nombre al lado de adjetivos alusivos a mi ignorancia, incapacidad e inhumanidad.

Qué miedo me produciría poner mi firma sobre decretos que pasarán a la historia como un acierto o un fracaso y si, debido a ellos, termino dañando a mi país o debiéndole vidas humanas al creador.

Qué pesadillas horrendas me producirían los rostros de las personas que claman la justicia que no les doy, de quienes han muerto por una medida mía, o de los que han perdido todo por un decreto firmado. Seguramente tendría que embrutecerme en alcohol cada noche para no ser acosado por esas voces clamorosas, a las que seguro volveré a escuchar el día en que desencarne.

Ciertamente, para resultar ileso frente a esos espectros y recelos, que me acosarían a diario, tendría que ser el presidente más cuidadoso que pueda imaginar o, directamente, un bruto de minusvalía emocional y cognitiva.
Dios ayude al régimen que reciba el Gobierno de manos de esta gestión.
 
Roberto Piñero Romay es comunicador social.

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