A propósito de la muerte de un grande

miércoles, 10 de agosto de 2016 · 00:00
En una ocasión en que volvía de Santa Cruz a La Paz en avión, pude apreciar desde la ventana la enorme ciudad de El Alto justo antes de aterrizar. Lo que más me llamó la atención fue ver que en un lugar tan árido y relativamente poblado existían tantas pequeñas iglesias que se distinguían claramente de las pocas casas alejadas del centro de la ciudad. En ese momento se me quedó la duda de quién podía ser el responsable de estas construcciones, pero después lo dejé de lado y lo olvidé.

Unos días atrás, toda la ciudad de El Alto lloró la muerte del sacerdote alemán Sebastián Obermaier. En la televisión no había noticia más importante que esa: El "padre sonrisas” muere por un ataque cardiaco. Al escuchar eso sentí un fuerte nudo en la garganta y lloré.

La primera vez que supe de él fue cuando, de casualidad, vi en la televisión que en La Paz había un padrecito que bautizaba a los perros. Me pareció muy raro que existiera un cura que pensara en la salvación de los animales, además de la del ser humano. Al escuchar su acento y al conocer su apellido, fue fácil darme cuenta que se trataba de un alemán. 

Un tiempo después, en algunos canales, se hizo muy popular la noticia del robo de la camioneta de este padre. Lo curioso fue que cuando lo entrevistaron los medios de comunicación, él no se quejaba del robo de su automóvil, sino que sólo pedía amable y sonrientemente que se lo devolvieran. Los ladrones, obviamente, al enterarse de a quién le pertenecía el vehículo no dudaron en devolvérselo. 

Desde ese entonces me interesé mucho por ese personaje tan particular. Gracias a la tecnología, pude encontrar algunos videos en internet, en los que pude ver cómo era su trabajo en la iglesia. Se nota que a la gente le gustaba escucharlo, porque asistía regularmente a su misa. 

De lejos se reconocía que tenía un carisma inigualable y que era una persona muy directa y divertida. Hoy, mediante los periódicos, me enteré que no sólo fundó 70 iglesias en El Alto, sino que, además, creó varios centros para los niños, los jóvenes y las personas con capacidades diferentes, una panadería e incluso un canal de televisión. No por nada esta ciudad declaró un mes de luto al enterarse de su muerte. 

Aunque entre nuestras costumbres está llorar amargamente por nuestros seres queridos cuando mueren, este padrecito quiso algo diferente para sí mismo. En su declaración escrita antes de morir, dejó claro que en su entierro u ocho días después de su muerte quería una gran fiesta para la gente más pobre, con bastante comida, "tecito” y muchísima alegría. 

Obermaier fue tan "capo” que aún después de su muerte manifestó su gran sabiduría al pedir que la gente se alegrara por su partida. Todo esto me recuerda a una de las historias de la película Dreams (Sueños, en español), del reconocido director japonés Akira Kurosawa. En ella, el mensaje es bastante claro: la vida debe ser vivida de la manera más simple y la muerte de un anciano debe ser celebrada con alegría.  

¿Cómo no alegrarse por saber que existió alguien que amó tanto la obra del Señor y la vida misma, que murió haciendo lo que más le apasionaba? Creo firmemente que el amor de Dios se manifiesta visiblemente en las personas puras de corazón, independientemente de la religión a la que pertenezcan. Yo no soy católica, porque así lo decidí hace ya varios años, pero no puedo ocultar que la muerte de una persona tan especial influya en mí, me haga reflexionar sobre muchos temas de gran importancia y me haga amar la vida con gran intensidad. 

Su pueblo quedará eternamente agradecido por su enorme corazón que, sin duda, no pudo caber en su cuerpo humano y le arrancó el último suspiro. ¡Que Dios le dé una vida eterna bella y placentera en el más allá, querido padre Obermaier!

Berenice Sejas es lingüista  de la UMSS.
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