Un cuento cochino

martes, 30 de agosto de 2016 · 00:00
 Este no es un cuento de farras ni de noches de solteros. Aquí se trata del medio ambiente, de la salud y del aire que se respira en la ciudad de La Paz.  Los paceños podemos observar, especialmente en las mañanas de invierno a contra luz, una nube de polvo cubriendo la ciudad aparentemente más densa sobre la zona sur.  

Mirando de cerca no vemos nada extraño en el aire que cubre nuestras casas, que circula en la calles y que respiramos día y noche.  Es más notorio viendo el paisaje de colores apagados en contraste con el cielo azul de invierno. No es polución industrial o vehicular como conocemos en la mayoría de las capitales.  No es tampoco, como muchos pueden pensar, polvo que baja de las montañas que rodean nuestra ciudad. 

¡Cuántos paceños han pasado el invierno con tos que nunca pasa, resfríos mal curados, irritación en la garganta, mocos sanguinolentos, congestión respiratoria y otros síntomas respiratorios sin solución!  Otros se quejan de diarreas frecuentes, dolores abdominales, náuseas y otros síntomas de infecciones intestinales que se repiten sin conocer el origen. Muchos no sospechan que la causa esté en el aire. Sucede que en la ciudad de La Paz las aguas servidas de más de un millón de habitantes, incluyendo agua de la descarga de inodoros llenos de heces y orina, terminan en los ríos que corren por la ciudad sin tratamiento alguno.

 En los meses de invierno, pocas lluvias y mucho sol durante el día, gran parte de estas aguas se seca rápidamente en los ríos, dejando un polvo de cochinadas contaminado de microorganismos que no son visibles a simple vista y que se esparcen por la ciudad con el viento.  Vean cómo quedan cubiertos de polvo los vehículos en la intemperie después de una rápida lluvia, cubiertos de gotas de polvo de excrementos. Saborear la suela de un zapato viejo o tomar el aire que no podemos elegir para respirar es exactamente lo mismo.

Pareciera que la mayor parte de nuestra población ha sido vacunada en el tiempo con microdosis de esa contaminación y muchos somos capaces de sobrevivir sin enfermarnos. Pero si observamos los recién nacidos, los turistas y hasta nuestros conterráneos que retornan después de mucho tiempo, vemos la facilidad con que se enferman con problemas respiratorios, conjuntivitis o problemas digestivos.  No puede ser otra cosa que el aire que respiramos contaminado de aguas servidas que son derramadas en los ríos.

El fenómeno de El Niño, la sequedad, sol intenso durante el día, los chaqueos del mes de agosto y  vientos típicos del final del invierno contribuyen para diseminar la contaminación putrefacta del aire, que más afecta por el contenido biológico que por efectos tóxicos de las eliminaciones de la industria o de los automóviles. El problema se agrava especialmente en la zona sur de la ciudad donde los ríos no están embovedados y por general corren en paralelos a vías de alta circulación vehicular. Sumado al rápido crecimiento urbano y grandes edificios multifamiliares construidos en los últimos diez años, han agotado la capacidad de limpieza natural con la que estábamos acostumbrados en el siglo pasado.

 Obviamente que el aire contaminado también contamina fácilmente los alimentos que  están expuestos en los mercados. Tanto aquellos que son servidos sin cocinar como aquellos que han sido preparados y cocinados pero que están expuestos hasta el momento de ponerlos sobre la mesa. En mayor o menor proporción, prácticamente todo está contaminado. Malas noticias, sospecho que estamos respirando este polvito de mierda.

Fernando Patiño Sarcinelli es médico.
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