Filemón, la acción permanente

jueves, 04 de agosto de 2016 · 00:00
Conocí a Filemón en 1984, en la sede de los fabriles en La Paz. Le busqué por el interés que me provocó su propuesta sobre los órganos de poder, simultáneo a mi orfandad política por el desencanto de los partidos. Primer encuentro de casi tres horas. Curso intensivo en modalidad de clase magistral que me impresionó por su lucidez, coherencia y convicción, y por su tono afectivo-emocional, resultante, seguro, de su militancia trotskista, sobre la que Ernesto Ayala Mercado afirma que "las revoluciones de clase se imponen, en efecto, no sólo a base de certidumbres teóricas, sino también a base de certidumbres emocionales. El revolucionario debe sentir, a cada instante, que la historia está de su parte y el triunfo de la revolución -lejana o próxima, pero irremediable- le impone una permanente actitud de serena confianza, en espera de la hora del destino”.

Sí. El militante trotskista se concibe a sí mismo como un soldado del mesías que encabeza la lucha revolucionaria, combatiente que apuesta al triunfo de la revolución -en el sentido de un proceso ininterrumpido, la "revolución permanente”- como el destino ineluctable de la humanidad, convencido, dispuesto a los sacrificios mayores, que enfrenta al enemigo de clase sin tregua, ni compasión, de todas las maneras posibles, contribuyendo con denuedo a la agudización de las contradicciones a través de la "acción directa”.

La vida de Filemón refleja ese mesianismo que le fue sellado indeleblemente desde su temprana juventud por su militancia en el POR, partido del que fue expulsado porque su espíritu libre prevaleció sobre los dogmas e hizo de él un obsesivo buscador de las verdades, que sabe son relativas, reconociendo en la COB, y sus entidades afiliadas, órganos de poder popular; descubriendo la complementariedad de opuestos, que desplaza a la lucha de contrarios; entendiendo la realidad como un complejo multidimensional  que no puede explicarse a partir de una sola categoría.  

Tampoco pudo mantenerse en la actitud de serena espera que acompaña en una paradoja asombrosa un accionar muchas veces precipitado, a veces violento, de la militancia trotskista. No. Él apuesta por una victoria acunada en su ser, diseñada con sus ideas, labrada con sus manos, que le encuentre activo y vital, hoy y ahora.
 
Pone en juego sus expectativas a corto plazo, integrando tácticas y estrategias al abrir y reabrir, una y otra vez, sendas que aspira sean anchos caminos… y lo logra, se convierten en esos anchos caminos, aún cuando su trayectoria y derrotero retorcidos hayan desfigurado el sueño de la inspiración que les marcó inicio, porque él siempre cedió el primer lugar que le tocaba. Y, sin desmayar, continúa luchando, entregándose por entero,  compartiendo lo que es y lo que tiene animando las luchas sociales. 

Con este extraordinario personaje, y desde que lo conocí, surgió la estrecha amistad que se prolonga hasta ahora, amistad que creció en diálogos y debates, acciones de difusión y capacitación, poesía, y música, festejos y angustias, ternura y solidaridad.

Así conozco al niño, al jovenzuelo, al adulto, al anciano, al hijo, al hermano, al esposo, al padre, al abuelo, al hombre, al amigo, al obrero, al sindicalista, al discípulo, al maestro, al político y al ideólogo, con sus sombras y sus luces, sus errores y sus aciertos, sus demonios y sus ángeles, sus frustraciones y sus sueños, al ser humano que inspira sentimientos intensos como él mismo, sin términos medios. 

Su historia no es tan sólo la historia de sus ideas, es la de sus acciones y, a través de ellas, es la turbulenta y desafiante historia de Bolivia de los últimos 60 años, en que su huella como protagonista de primer plano se ha impreso con la vitalidad que irradia por sobre todo, a pesar de todo. 

"El hombre que pretende transformar un mundo ha de saber educarse primero en la escuela de las derrotas para emprender después el camino de las victorias”, dice Ayala Mercado. Ese es el espíritu que anima a Filemón y con el que nos contagia, el que explica el rasgo esencial de su vida: "la acción permanente”.

Gisela Derpic Salazar es abogada potosina.
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